Región / FEBRERO 07 DE 2021 / 2 meses antes

Letras quindianas: ciudad y poesía

Autor : Linkterna

Letras quindianas: ciudad y poesía

Ilustración : Laura Inés Manrique Rivas

 En su primera entrega de 2021, Linkterna, proyecto editorial de la fundación Torre de Palabras en convenio con LA CRÓNICA DEL QUINDÍO, publica los textos de dos de las más prometedoras plumas de la actual literatura quindiana: el cuentista Jerónimo García Riaño y la poeta Yeni Zulena Millán Velásquez. Ambos recibieron el reconocimiento al escritor del año 2020, otorgado por el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales.  

Armenia, tras el título de campeón  

Jerónimo García Riaño  

Siempre he pensado que el Eje Cafetero se divide en tres partes, cada una definida por las capitales de los departamentos. Manizales representa la ciudad cultural y académica, Pereira es la ciudad industrial, y Armenia la ciudad turística. En Caldas estudio, en Risaralda monto empresa y en el Quindío me divierto. Y ese juego de roles deja ver algunos elementos que se vuelven parte del paisaje para aquellos que viven en esas regiones, en especial para aquellos que viven en el departamento chiquito de Colombia, el Quindío.   

Cada vez que vengo a visitarlo, que vengo a Armenia a vivir mis días de descanso entre amigos de la infancia, familia y nuevos amigos, aparecen por la calle condiciones que antes no se veían con frecuencia -o eso creo yo, vaya uno a saber si los abuelos dicen otra cosa-: una desigualdad social marcada en los rostros de tantas personas sentadas en los parques y en la plaza de Bolívar esperando lo que el día les quiera dar, puede ser dinero o más hambre y sed. Mientras te tomas un café son varias las personas que se acercan a pedirte algo, sean de aquí o foráneas. No recuerdo que ello pasara tan seguido como cuando yo viví en la milagrosa Armenia.   

Hace unos días me encontraba tomándome algo en un café de la ciudad y varias personas pasaron pidiendo dinero para calmar su angustia -real o no, no vamos a cuestionar eso aquí-; fueron tantas las veces que pasaron, que uno de las clientes que tomaba café le dijo al mesero que controlara el acceso a la gente al lugar, que no se podía tomar algo tranquilo y que además los que pedían plata no eran de aquí. Más allá del juicio frente a lo que dijo el señor -casi le digo que uno debe ser solidario y bla, bla, bla, un argumento ético que hubiese ocasionado un desdén mayor-, sí es importante revisar que hay una ciudad degradada por la desigualdad. Hay nuevos edificios listos para ser vendidos, con precios que solo los que viven fuera pueden comprar, mientras que los de adentro, los quindianos, deben conformarse con las migajas que les lanzan desde los pisos altos. Eso no es una ciudad en desarrollo, que no vengan con ese cuento chino. 

A todo eso, ni más faltaba, hay que agregarle el momento que se vive a raíz de la pandemia; sin embargo, lo que pasa en Armenia es un asunto que ocurre desde hace algunos años, antes de que naciera la abuela del murciélago que provocó todo este desorden mundial.   

Si hay desigualdad con el apellido social, seguro detrás de ella aparecen las tocayas cultural, política, educativa, etc. Armenia no es ajena a ello, la desigualdad camina por la ciudad llevando muchos apellidos, hija de diferentes padres: corrupción, intereses políticos, falta de oportunidades -no solo laborales- y muchas otras falencias.   

Armenia sigue en pelea por lograr el primer lugar de desempleo en el país con su archirrival Quibdó. No es difícil, realmente. Como van las cosas seguro ganará por knock out, y el réferi con cara de Dane le dará la victoria indiscutible y por mucho tiempo será dueño del cinturón de campeón.  

 

Rostro de tierra o la mujer ilustrada*  

Yeni Zulena Millán Velásquez  

También los muertos necesitan ser bautizados, un bautismo de sal y de tinta que les ayude a dejar en la orilla el peso de lo que no será: “En la mitad de la melodía te hicieron huésped en la casa de la nada, donde seguirás con los temas urgentes” (página 33). Mery Yolanda Sánchez, o mejor, su voz poética, desciende a las riberas del Leteo –que en nuestra nación se alimenta de hilos de sangre ampulosos como el Magdalena o el Cauca– para servir de amanuense al dolor menospreciado, traspapelado, convertido en cifras, y traerlo a la luz portándolo sobre su propio cuerpo.  

La tierra de la que está hecho el rostro que va repujando la poeta con cada pasaje es una tierra expropiada, un campo donde hombres, mujeres, niños, con sus animales y sus cultivos, con sus esperanzas de una patria que a todos les acoja, son cosechados por igual por los verdugos de oficio o de la sombra: “Te dijeron que tenías que inventar una familia y la conseguiste completa para los asesinos” (pág. 41); el barro de la realidad se fermenta con nuestras entrañas, y en su cima, a lo lejos, una bandera, que de cerca no es más que un cuajarón de rostros.  

Hay que decir que este libro no está hecho de voz, sino de voces: la de la memoria del desaparecido, la que le remite las novedades tras su desaparición, la que le interroga sobre su ‘ahora’, e incluso la de aquel que se autoexilia porque encuentra cierta culpabilidad en su propio sosiego; cuando alguien desaparece su nombre se convierte en un objeto prohibido, el solo rememorarlo hace que los cimientos del presente tiemblen, que nos miremos las manos y preguntemos por qué, cuándo nos despojaron también de nuestra fuerza y de nuestro grito: “y tú serás el camión, y tú serás pentonita en la explosión. Es el realismo mágico” (pág. 39).  

En estas páginas las mujeres vuelven a ser recolectoras –de detalles, de marcas, de olvidos– del material que les permita suturar las heridas dejadas por los cazadores. Humanizar el rastro de la violencia consiste en restaurar la familiaridad del ausente, darle un sitio entre los vivos, una piedra, un árbol, una cruz, en donde las demás partes de ese cuerpo fracturado puedan reunirse para conversar con él, para reír o para llorarlo: “se reserva agua en el canto de plañideras para compartir la migaja que dejó el victimario”, (pág. 30); la mujer recolectora es a su vez el ave que va dejando las semillas sobre los campos, para ella la tierra es otro cielo toda vez que pueda hacerlo florecer; no en vano han sido varias las poetas -Matilde Espinosa, Olga Elena Mattei, María Mercedes Carranza y Mery Yolanda, entre otras– que han regado el grano de sus versos sobre el terreno pedregoso de la historia nacional, que cifran su esfuerzo en mostrar que la memoria no puede desplazarse, ni relegarse, porque es patrimonio común del corazón.  

Tal y cómo están las cosas puede que el estado del tiempo no sea muy soleado para mañana; que, como dice la poeta, la metralla y las orquídeas negras continúen haciendo parte de nuestros símbolos patrios, de nuestra patria fratricida, aun así, hay que salir, de nuestra quietud y de nosotros mismos, no importa si para ello debemos rodear las alas de un mirage.   

* Mery Yolanda Sánchez (2011). Rostro de tierra. Colección Las Ofrendas, Escuela de Estudios Literarios, Universidad del Valle. 62 páginas  


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