Opinión / SEPTIEMBRE 17 DE 2020

Más que un recetario

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«Somos lo que comemos» es una frase que, aunque se la ha atribuido a varios autores —de Hipócrates a Shakespeare—, parece tener su origen en esta cita del filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach: «Si se quiere mejorar al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos. El hombre es lo que come». 

Puesta al servicio de la ‘filosofía de lo cotidiano, en el contexto de nuestro diario vivir y nuestro diario comer, la frase se aparta del trasfondo ateísta de la cita original, convirtiéndose en un lugar común para referir la importancia de los alimentos y todo lo que alrededor de ellos construimos y simbolizamos en nuestro entorno inmediato. 

La frase y la idea de lo importante que es la comida, más allá de la función puramente nutricional, me acompañaron durante la lectura del libro Recetario de sabores lejanos, el notable título de cómic documental que la editorial Cohete Cómics dio a conocer hace unos cuantos meses.   

Fruto de un trabajo colectivo y ambicioso, el libro reúne ocho historias que fijan el foco en territorios del país donde la riqueza gastronómica y los saberes tradicionales alrededor de la cocina se ven amenazados por la violencia, el desarraigo y el avasallador capitalismo. Aunque lo ideal sería que se aparte de cualquier clasificación, es un libro que puede leerse en clave de investigación antropológica, compendio de sabores y procedimientos, suma de testimonios sobre las infamias de la guerra y, lo más importante que apuntala todo lo anterior, puede leerse y disfrutarse como un libro de cómic, con todas las particularidades y la riqueza de la narrativa secuencial. 

 Queda claro que, sumado a las múltiples posibilidades expresivas y narrativas del cómic, lo documental e investigativo representan un importante filón que ha despertado en los últimos años el interés de dibujantes y guionistas. Tal es el caso de Pablo Guerra, editor y crítico, encargado de dirigir el proyecto y escribir los guiones, de manera que se diera la articulación y el diálogo pertinente entre el trabajo los investigadores, equipo integrado por antropólogos, cocineros y líderes ambientales, y el del grupo de dibujantes, creadores con diferentes propuestas y estilos que aportaron su talento para que el libro tuviera una amalgama de trazos, colores y texturas que se correspondiera con la multiplicidad de voces, testimonios y sabores. 

Desde la viuda de bocachico del bajo Río San Jorge, Sucre, hasta el marrano guisado y tungos de las sabanas inundables del Casanare, pasando por el aguacafé de la finca calarqueña, y la bala con carne serrana de Soacha, estas recetas, estas historias prolijamente documentadas y bellamente dibujadas, son la evidencia de que no solo somos lo que comemos, sino que también somos el pedazo de tierra donde crecen los tubérculos y se engordan las presas, somos las aguas del río donde se reproducen los peces, y las orillas donde juegan los niños; todo eso somos, y nadie nos lo puede arrebatar, como nadie puede privarnos de disfrutar un plato de comida en paz.


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