Opinión / SEPTIEMBRE 18 DE 2020

¿Optimistas o locos?

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Largo tiempo hace que se presentó una película titulada El mundo está loco, loco, que reflejaba la intensidad con que se vivía en esa época. Eso hace como 50 años. Qué tal que los productores de la cinta pretendieran dejar testimonio fílmico de los tiempos que corren. Para hablar solo de lo nuestro, hay que reconocer que los colombianos tenemos la cabeza muy bien puesta, cuando no andamos cazando avispas en el aire, ‘dialogando’ con las matas de adorno o arrastrando zapatos con cabuyas, como carritos de juguete. Ha sido una constante histórica que familias enteras tengan que abandonar sus lugares de origen, las parcelas campesinas y los entables comerciales o artesanales con los que se ganan la vida, para salir a cualquier hora, apenas con lo que tienen puesto, a refugiarse en una ciudad que desconocen, y en la que normalmente son rechazados, a inventar qué hacer para sobrevivir. Hay un contraste cultural abismal, entre quienes conocen y disfrutan de los avances tecnológicos, como la informática y los más sofisticados electrodomésticos, y los que a duras penas saben firmar, de las cuatro operaciones aritméticas solo conocen la resta, carecen de agua y electricidad y no tienen idea de qué lugar ocupan en la Tierra, del que también los pueden desalojar en cualquier momento. Nadie, distinto de quienes habitan los condominios de estratos altos, verdaderas fortalezas, está seguro ni en su propia cama; y menos en la calle. Pese a las desigualdades, las estadísticas miden a todo el mundo con el mismo rasero. Por ejemplo: el Pib, que es la suma de todo lo que produce el país en bienes y servicios, se divide por el número de habitantes que registra el Dane, incluidos niños y ancianos, atletas y paralíticos, hombres y mujeres, y eso arroja el ingreso per cápita, que se tiene en cuenta para medir el nivel de vida de la población. Es decir, que el señor que vende aguacates en un cajón en el andén de cualquier calle, de donde lo echa la Policía por invadir el espacio público, supuestamente tiene los mismos ingresos que el dueño del 50 % del sistema financiero o que cualquier gamonal doblado de político que elige 5 o 6 congresistas. Ningún ciudadano, sin importar sus ingresos, se escapa de ser extorsionado, porque los delincuentes, organizados en bandas, tienen tarifas diferenciales: el tendero de barrio ‘cotiza’ $50.000 o $100.000 semanales y el terrateniente, así como el empresario, tienen que desembolsar millones.

Pese a lo anterior, las encuestas indican que el colombiano, en su mayoría, tiene un alto nivel de felicidad; está satisfecho con el gobierno; da gracias a cualquier admonición de la Virgen por su bienestar; piensa que los ciclistas colombianos van a ganar el Tour de Francia y que el próximo mundial de fútbol es pan comido. ¿Será que ese colombiano ‘feliz’ es optimista o está loco? 


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