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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Un canadiense, al que le faltan algunas piezas dentales, le quita unos guantes a otro señor y empieza a pegarle. Están en una pista de hielo.

El otro acepta la invitación. Se agarran de las camisetas para no caerse. Se lanzan puñetazos mientras el público grita, como en una pelea de gallos en Macondo. Dos hombres vestidos con una camisa que emula un código de barras los miran y bostezan mientras se liman las uñas. Al final de la trifulca, los dos deportistas reciben cinco minutos de castigo. Si no hubo alguna infracción adicional (una puñalada o mordisco en la oreja), podrán volver a jugar después de pagar la multa. Esto pasa en la National Hockey League (NHL), la principal liga profesional de hockey sobre hielo de Estados Unidos y Canadá. Esa pelea estaba contemplada en la regla 46.

Cuando uno descubre esa vaina, la reacción lógica es preguntarse: ¿qué clase de deporte troglodita que no es de combate contempla que darse en la jeta no es expulsión? Pues la respuesta es clara: la NHL. Su regla 46. Una pelea se considera pelea cuando hay golpes repetidos o una lucha que dificulta separar a los jugadores. Los árbitros tienen amplio margen para determinar la responsabilidad de cada participante, especialmente para distinguir al instigador del agresor (este último es quien continúa golpeando a un rival indefenso o que ya no quiere pelear). Además, los jugadores que no participan deben retirarse del área y quien desobedezca la orden de detenerse puede recibir sanciones adicionales.

Soy seguidor de un equipo de esa liga: los Detroit Red Wings. Mi afinidad comenzó con cantidades irresponsables de horas jugando NHL 99 en Playstation. Detroit, en ese entonces, era el mejor equipo del planeta. Steve Yzerman, Nicklas Lidström, Sergei Fedorov, Brendan Shanahan, Vyacheslav Kozlov, Igor Larionov, Scotty Bowman en el banquillo y el glorioso Joe Louis Arena, en Hockey Town. Intentar ganarse una copa Stanley en nivel máximo era una forma bastante eficiente de trasnochar. Y cuando en 2001 mis Red Wings contrataron al checo Dominik Hasek, el mejor portero del planeta, me volví aún más hincha. Hasek venía de Buffalo con seis trofeos Vezina y terminó ganando la Stanley Cup con Detroit en su primera temporada. Tiempos aquellos.

Pero ni siquiera mi cariño por Detroit consigue que las peleas dejen de parecerme una anomalía fascinante. La NHL no dice exactamente: “Peleen, muchachos”. No lo incentiva. Lo que hace es regularlo: la liga no considera la pelea una jugada válida sino una infracción, con castigo regulado. Parece una diferencia pequeña, pero explica buena parte del asunto.

Durante décadas, las peleas funcionaron como una especie de sistema informal de vigilancia dentro del hielo. Había jugadores cuya principal utilidad era responder a los golpes, defender a un compañero o enviar un mensaje a otro equipo a punta de puños. Se llamaban enforcers. Su función principal era intimidar y responder físicamente cuando un rival golpeaba a la estrella del equipo. Eran jugadores fuertes cuya especialidad era pelear, proteger a sus compañeros e intimidar a los rivales. Con el tiempo, esa cultura fue perdiendo fuerza. Las peleas en la NHL cayeron de un promedio de 0,64 por partido en 2002 a 0,18 en 2020, mientras la asistencia a los estadios aumentó. Un estudio publicado en Frontiers in Sports and Active Living encontró, de hecho, una correlación negativa entre peleas y asistencia durante ese periodo.

También hay una razón bastante menos romántica para que los oficiales no se lancen encima de los jugadores desde el primer puñetazo: separarlos mientras están lanzando golpes puede ser una excelente manera de convertir una pelea entre dos personas en una pelea entre cuatro. Los oficiales esperan un momento en que puedan intervenir con menor riesgo.

En las competencias internacionales reguladas por la Federación Internacional de Hockey sobre Hielo, las peleas reciben sanciones mucho más severas. La NHL decidió conservar una tradición que otras organizaciones han preferido castigar con mayor dureza. ¿Por qué? Porque heredó una cultura en la que las peleas formaban parte del espectáculo y del funcionamiento interno del juego, y durante mucho tiempo existió la idea de que podían aportar entretenimiento, además de considerarse una violenta pero efectiva manera de resolver conflictos entre jugadores. Y bueno, por esto, palabras más palabras menos, es por lo que se permiten que, en la National Hockey League, los jugadores se den en la jeta.


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