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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Las papitas de la marca Pringles tienen una ventaja sobre las otras: son encantadoramente simétricas. La paz de los clones.

Another brick in the wall. A diferencia de los humanos, ninguna tiene una parte oscura. No hay posibilidad de que alguna parezca el mapa de algún país pequeño de Europa Central. Todas tienen la misma forma: la de una silla de montar caballo. Además, encajan como piezas de Lego dentro de ese bonito tubo de cartón. La naturaleza es buena para producir papas, pero, afortunadamente, todavía no ha conseguido que salgan así de la tierra de Boyacá.

Saber cómo se fabrican decepciona un poco. Las Pringles no se hacen cortando papas enteras en tajaditas perfectas. Se procesan hasta obtener hojuelas deshidratadas. Estas se mezclan con agua, harinas y almidones para formar una masa que pasa entre rodillos hasta convertirse en una lámina delgada. Una máquina corta de allí piezas ovaladas, todas idénticas. Es una operación más cercana a fabricar galletas que a freír papas. La marca las clasifica como potato crisps, precisamente para distinguirlas de las papas fritas cortadas directamente del tubérculo.

Se fríen en aceite y así toman la forma característica de esa silla de montar, conocida en geometría como paraboloide hiperbólico. Después se les aplica más aceite y pasan bajo una cascada de condimentos en polvo, que distribuye el sabor sobre su superficie. Finalmente, las máquinas las organizan en pilas y las introducen en los tubos, diseñados para mantenerlas ordenadas y protegerlas durante el transporte. La industria resuelve así dos problemas: producir millones de unidades uniformes y conseguir que quepan unas sobre otras sin convertir el fondo del envase en una bolsa de migajas. La naturaleza pone la papa; la fábrica se encarga de que todas las pseudopapas parezcan Lindsay Lohan en Juego de gemelas.

 

A mí que me enlaten

El envase es tan importante en esta historia como el contenido. Su diseñador fue Fredric John Baur, un químico orgánico que trabajaba para Procter & Gamble, la empresa que desarrolló originalmente Pringles, Crisco y Head & Shoulders. En 1966 ideó una solución para apilar las papitas de manera uniforme y protegerlas mejor que en una bolsa. La patente del recipiente cilíndrico y del sistema de empaque fue concedida en 1970. El tubo terminó convirtiéndose en una de las señas de identidad de la marca. Baur estaba tan orgulloso de su creación que, décadas después, anunció que quería llevarla consigo a la tumba. Sus hijos pensaron al principio que era un chiste. No lo era.

Cuando Baur murió, el 4 de mayo de 2008, a los 89 años, sus hijos decidieron cumplir su voluntad. De camino a la funeraria compraron una lata de Pringles Original para depositar allí parte de sus cenizas. La elección del sabor fue objeto de una breve discusión familiar, según contó su hijo Larry a la revista TIME. Ganó la versión original, como correspondía a un hombre que había diseñado el recipiente y no necesitaba adornar la despedida con sabores nuevos. El resto de las cenizas se repartió entre urnas funerarias. La noticia apareció en medios de Estados Unidos y llegó también a la prensa internacional. No era una leyenda urbana ni una estrategia publicitaria: era la última voluntad de un hombre que había encontrado en un objeto industrial una forma de orgullo personal.

 

Descanso eterno a la lata

Este octubre, Pringles decidió lanzar una promoción de Halloween llamada Once You Drop. El premio consiste en una urna metálica personalizada con forma de lata de Pringles y una cantidad de dinero que la empresa presenta como el equivalente a 200 años de papitas. Para participar hay que firmar un documento digital bautizado Will and Taste-ament, un juego de palabras entre testamento y sabor, en el que se expresa el deseo de que las cenizas del participante sean depositadas en una urna de la marca. Hay una letra pequeña que conviene leer antes de organizar el funeral: el documento es simbólico, no tiene validez legal y el concurso está restringido a residentes adultos de Estados Unidos.

La eternidad, además, tiene una tarifa bastante precisa. El reglamento calcula el suministro en 52 latas al año durante 200 años, a 2,70 dólares por lata. El resultado es US$28.080 en efectivo. La urna está valorada en otros US$500, para un premio total estimado de US$28.580. No habrá un empleado de Pringles tocando la puerta de la familia en el año 2226 para preguntar si prefieren la última lata de queso o de crema agria y cebolla. La marca entrega la plata y ya. El concurso no exige comprar producto, pero sí aceptar las condiciones de participación y confiar en que la publicidad sea chistosa incluso después de la muerte.

Es una jugada maestra. Pringles no necesitó inventar una historia: ya la tenía. Baur convirtió el envase que diseñó en parte de su legado personal. La empresa convirtió ese legado en una campaña capaz de circular gratis por periódicos, redes sociales y conversaciones entre amigos. La urna es el objeto llamativo, los 200 años son el titular y el testamento es la anécdota que la gente comparte. Las papitas, el producto, casi desaparecen del relato.


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