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Algo pasa con las lluvias

Rubén Darío Flórez

viernes, 21 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Algo raro está pasando con las lluvias y lloviznas, llevamos dos años entre un mundo de menuda llovizna efímera y eterna.

 

El año pasado empezó esta lluvia que nos llevó a los recuerdos que uno lee sobre el tiempo en las ciudades colombianas del siglo XIX. Hay evocaciones de aguaceros bíblicos en los libros de viajeros que se atrevían a atravesar las cordilleras. Mientras subían las mulas con espejos y cobijas, la lluvia lo impregnaba todo. Había un páramo en cada camisa. Todo se emparamaba.

Y en los azogues de los espejos caía la llovizna que empañaba el paisaje. El verbo emparamar trae esta asociación de páramos donde nunca para el agua que cae en las montañas de Colombia. Es probable que no haya una estación más recordada, sobre la cual se escribe, se desahogan en quejas y preocupaciones de inviernos cuando no parece que la lluvia vaya a terminar.

¿Es cierto que desde el siglo XIX fueron claros los indicios y los pronósticos sobre los periodos de lluvias? Yo pienso que no, que fue una idealización del pasado, cuando uno piensa que entonces todo era sujeto de clara medida. Los hábitos y las cosas tenían su forma precisa. Pero no, el mundo de la lluvia cuando todo se vuelve húmedo, blando y chorrea, empantana, inunda, es acaso la realidad de siempre de Colombia. 

En el Quindío desde los tiempos de Caldas, las carreteras tenían sus ciclos de derrumbes, de desprendimientos. La lluvia era parte del léxico cotidiano. Y de las desgracias. Hoy en Bogotá que no está tan remota de estos recuerdos, cae melancólica la lluvia. Ya van dos años que no deja de rociar. Se suceden los aguaceros en las alturas del trópico montañoso de buena parte de Colombia: la invisible y fantástica garúa: en par minutos quedas anegado, con el cabello, la camisa, la sombrilla chorreando. 

Ágata, la gata de mi casa, por las lluvias ha adoptado una actitud filosófica. Se trepa a veces al alféizar de este apartamento de los años cincuenta, construido en la época de lluvias de los recuerdos. Rubén Santiago mi hijo pregunta: —¿dónde está Ágata? Yo que acabo de llegar cierro la sombrilla que gotea copiosa . —No sé. Respondo. —Alguien vió a Ágata pregunta otra vez Rubén Santiago.

—Esta ropa lleva ya tres días y no se seca. Grita Mariana desde su cuarto. —Nos van a salir agallas, pienso para mis adentros. Ágata sigue sin aparecer. Entonces como en un relato bíblico del diluvio se desata una torrencial lluvia que golpea las ventanas, los techos, hace estremecer los árboles que se ven por la ventana. Es el primer aguacero de este año. Porque todo el tiempo ha sido la llovizna como una tortura china que nadie ve pero que uno siente en el corazón. No se ve nada por las ventanas y la calle está inundada. ¿Dónde está Ágata? Pregunto yo, ansioso por la gata que no aparece y por la tormenta bíblica. De pronto miro a una de las ventanas abiertas y veo a Ágata entre la lluvia que cae sobre los cerros de Bogotá.

rdfloreza@unal.edu.co