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CINCUENTA Y CONTANDO

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 30 septiembre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Algo menos de un año antes —de no creer cuanto ha ocurrido en el plano político en tan corto lapso—, un amigo, con quien solemos cruzar opiniones no siempre coincidentes, indagaba sobre mis impresiones acerca de Abelardo de la Espriella, “El Tigre”, reputado abogado y empresario que irrumpía con fuerza en sondeos de opinión, en la precampaña presidencial.

Le respondí con más reservas que entusiasmo, y con similar actitud y tema, escribí algunos artículos para La Crónica. Destacaba en primer término, además de su postura ideológica, claramente de derecha gozosa, nada vergonzante, la convicción del precandidato en sí mismo y en sus posibilidades reales de llegar a la meta como ganador. Lo escuchaba, medía fortalezas y talones de Aquiles, observaba sus reacciones frente al periodismo corporativo, en gran parte proclive al progresismo woke, nada dispuesto a allanarle el camino, lanzando en su contra cargas de profundidad que Él lograba sortear con habilidad admirable, provisto de argumentos sólidos, aplomo discursivo, transformando precondenas y sesgos de los entrevistadores en adhesiones del público. ¿Cómo logró conquistar el favor de un país a aquella altura casi resignado por acción de encuestadoras oficiosas, a otros cuatro años de desmadre, tortura anímica y corrupción sin freno? Tema para politólogos. En cuanto a mí toca, hecho el balance entre vacíos y talentos, virtudes y tachas, De la Espriella obtuvo decidido apoyo, hecho público en varias razonadas ocasiones. 

A esta altura, tras cincuenta días de vértigo, qué poner de relieve en su auspicioso arranque: determinación, convicción, entrega, generación contagiosa de optimismo y esperanza, fuerza personal transformada en colectiva, diferencias abismales respecto al bufonesco malandrín que lo precedió; dignidad, pulcritud personal y como funcionario, autoridad, deseo de acertar, de corregir cuando se requiera… Pero lo sustancial, lo verdaderamente importante de estos primeros lances en el ruedo: resultados visibles, medibles. El despliegue de actividad que recuerda a Uribe y quizás lo supera, esa aparente ubicuidad que lo sitúa en distantes lugares de la geografía nacional, la atención concedida a la tragedia del terremoto, a la emergencia financiera del Estado, a la seguridad pública, a las relaciones internas y externas, a la denuncia activa de la corrupción heredada -el saqueo de Ecopetrol reduce al ridículo el caso UNGRD-, a la crisis de la salud… todo ello, sumados los brillos de su vice y demás círculo próximo en las sesiones de la ONU, contribuye a reforzar una imagen positivamente disruptiva, a que la gente lo valore, lo admire y le conceda creciente apoyo.  ¿En contra? Lo enumerado por analistas serios: actitudes, acciones, faranduleras, proclives al show, que bien valdría moderar. Nos gobierna un humano, imperfecto como todos, con talento y talante propios, e inteligencia natural. Sin embargo, pesan bastante más los aciertos. 

El balance y estado de resultados de gestión, a la fecha, a mi manera de ver, muestran un Abelardo de la Espriella ganador. El enemigo que enfrentó y derrotó en la plaza pública, en los medios, y en las urnas, es descomunal, monstruoso, la encarnación del mal, y no ceja en sus perversos empeños. Contra el monstruo, lo sabe bien el presidente, la mejor arma a emplear es realizar, tal como viene haciéndolo, un buen gobierno. Quienes así observamos y vivimos la realidad colombiana, le debemos admiración, respeto, gratitud. Ninguno de sus contendores en la orilla de la libertad y el orden, opuestos al caos petrista, lo estuviese haciendo mejor.


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