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Cuando nadie nos ve

Ernesto Acero Martínez

martes, 29 septiembre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Nos acostumbramos a encontrar baños públicos sucios, vandalizados o deliberadamente clausurados y pensamos que eso es normal.

Dejamos de sorprendernos por hechos aparentemente cotidianos, pero malintencionados y que desnudan la incapacidad creciente y consciente para vivir en sociedad con respeto y consideración por el otro. Dejamos de preguntarnos por qué el deterioro social y, peor aún, sentimos que eso es lo que merecemos.

Doy fe de lo anterior. El sábado que pasó, mientras esperaba el llamado de un consultorio de un prestigioso centro médico, entré al baño de uso público y el picaporte no funcionaba, del dispensador de jabón solo quedaba la huella en la pared, no había papel higiénico y la tapa del tanque del sanitario estaba asegurada con correas metálicas que también estaban sueltas porque, seguramente, han intentado robarla.

Algo similar ocurre en los baños de la parroquia del barrio. El sacerdote mandó cerrarlos porque se cansó de reponer la tapa del tanque del sanitario, la tapa de la taza y el tubo portapapel. El papel higiénico “no daba un brinco” y la señora encargada de los oficios varios no soportó tener que limpiar las inmundicias de quienes minutos antes de santiguarse, después de confesarse o terminada la misa usaban el baño cual salvaje animal o persona enferma de la cabeza o de los esfínteres.

El otro día me topé en el baño de un restaurante de Salento a un comensal que, antes de buscar mesa en el lugar, decidió lavar las suelas de sus botas, sin quitárselas, en el lavamanos. Por supuesto, ante mi reclamo y la terquedad del desadaptado de marras hubo una fuerte confrontación. Como decían los mayores, tras de gordo, hinchado. También hizo carrera que el infractor se emberraque y que el o los afectados terminen insultados o agredidos físicamente si reclaman.

No hay que extrañarse entonces de que en muchos establecimientos de comercio se nieguen a prestar los baños aludiendo daños inexistentes o que cobren sumas elevadas por usarlos. Si otro fuera el comportamiento en sociedad, cuando nadie nos ve, la solidaridad y la empatía serían permanentes. Mantener limpio un baño público o la mesa de un mall de comidas no debiera depender exclusivamente de que exista una persona encargada de limpiar. Lastimosamente no hay autocontrol e inexplicablemente muchos se comportan en la calle como no acostumbran hacerlo en casa.

No se trata simplemente de actos inmorales o de vandalismo o de pequeños robos. El problema es más profundo. Es la impronta de una cultura en la que, muchas veces, se confunde lo público con aquello que no tiene dueño y por eso erráticamente se presume que puede ser maltratado, destruido o robado. La convivencia se fortalece con los pequeños actos que nadie aplaude. Tirar la basura donde corresponde, dejar limpio el espacio que utilizamos, cuidar una silla, una puerta, un sanitario o una llave de agua como si fueran propios, porque, en efecto, hacen parte de aquello que todos compartimos y necesitamos.


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