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El espacio íntimo en la virtualidad

Mauricio Hernández

miércoles, 2 septiembre 2026

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La clase ha empezado. El profesor saluda varias veces. El primer “buenos días” no alcanzó para quienes se conectaron tarde. Luego vuelve a saludar para que quede en la grabación. El siguiente va dirigido a quienes no llegarán y, horas después, verán el video en 2X, como quien atraviesa una clase con afán de llegar a ninguna parte.

La profesora mantiene la cámara encendida. Parece parte del protocolo docente. El sonido de su micrófono ya fue confirmado por la mayoría. De cómo se ve nadie dice nada y ella tampoco pregunta. Detrás tiene un fondo que la institución ofreció para que la intimidad no quede expuesta: un diseño con el logo, una biblioteca impecable o una pared que no existe. Ella aparece recortada como un sticker, pegada sobre ese orden artificial, con uno que otro mechón desapareciendo en la frontera digital.

La clase, en cambio, no se ve. Los estudiantes son círculos con iniciales. DF puede ser Diego Fernando, AF puede ser Andrés Felipe y AM cualquiera de nosotros. Hacen presencia con nombres que ni las normas APA se atrevieron a reducir tanto. Nadie habla. En el mejor de los casos escriben en el chat o dejan un emoji que confirma que siguen vivos en algún lugar de la casa, del barrio o del mundo.

Hay profesores que preguntan constantemente. Explican. Lanzan interrogantes al aire y allí quedan suspendidos, sin oficio. Después de unos segundos, responden ellos mismos. El silencio se instala con una comodidad envidiable. Entonces toca imaginar qué hacen los otros frente al computador, la tableta o el celular. La fe existe porque el profesor necesita creer que, por lo menos, nadie se ha quedado dormido durante su disertación.

Algunos micrófonos se activan durante el llamado a lista, por una inquietud o por vergüenza con la profesora que lleva varios minutos hablando sola. También se registra vida al final: “Chao, profe”; “gracias por todo”; “nos vemos”; “todo muy claro”. Una despedida multitudinaria después de una hora de misterio.

Lo que casi nunca ocurre es que se enciendan las cámaras. No queremos que ausculten nuestro espacio íntimo. Que descubran que no hubo tiempo para la ducha, que seguimos entre cobijas, que alguien barre, cocina o pasa por detrás en pantaloneta. La cámara no muestra solo una cara: abre una puerta.

Lo curioso es que ensayamos muchas tomas para una selfie. Buscamos la luz, corregimos el ángulo, escondemos el desorden y aplicamos filtros. Mostramos la intimidad cuando podemos dirigirla; en clase preferimos volvernos letras. La contingente intimidad nunca será tan “aesthetic”.

El otro día vi a unos estudiantes de colegio iniciar sus clases virtuales desde la risa. Algunos se pusieron llamativos filtros de animales en sus rostros. Otros prendieron sus cámaras para que los vieran tomar agua en porrones gigantes, café directamente de la cafetera y hasta Listerine como parte de su obra de comedia. Los vi y pensé en todo el esfuerzo que muchos hacemos para que nuestras casas no aparezcan en la pantalla. Ellos, mientras tanto, habían metido media casa en la clase, mientras disfrutaban.


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