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EL PEATÓN VULNERABLE

Gonzalo J. García

martes, 15 septiembre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hace unos domingos, mientras caminaba y fotografiaba el centro de Armenia, terminé en la Plaza de Bolívar. Una escena donde decenas de niños conducían pequeños automóviles entre los peatones me produjo una sensación extraña.

Desde luego que no se trataba de vehículos de verdad, por supuesto. Eran carritos de alquiler, de un tamaño necesario para que un niño pudiera conducirlos y suficiente para que un adulto tuviera que esquivarlos. La imagen descrita muestra algo paradójico. El resto de personas y yo estábamos en un espacio destinado —en principio— a caminar; sin embargo, para avanzar tocaba estar pendientes de no ser atropellados. Tampoco faltaron en el escenario las bocinas que oímos en las calles. Los niños la accionaban con insistencia, como haríamos muchos adultos si descubriéramos de pronto que podemos conducir un automóvil y tocar el claxon sin que nadie nos diga que paremos. Lo que para ellos era diversión, para quienes caminábamos era ruido, interrupción y, en algunos momentos, la sensación surrealista de que tocaba ceder el paso a un vehículo… en una plaza peatonal.

La situación se me repitió días después en un gran centro comercial de la ciudad. Sus pasillos, atestados de personas, también se habían convertido en una pequeña pista de automóviles infantiles. Dejo claro que tengo nada contra los niños conduciendo carritos. Es divertido y entiendo su atractivo. Tampoco creo que jugar a conducir pueda convertir a un niño en un mal conductor. El asunto es otro y me obliga a preguntarme qué estamos entendiendo por diversión y qué comportamiento estamos normalizando en nuestros espacios públicos.

Se que Armenia ha decidido, al menos en sus políticas públicas, avanzar hacia una movilidad más sostenible, promover la movilidad activa y recuperar espacios para el peatón. Se habla de una ciudad más caminable, de espacios públicos seguros y de una cultura ciudadana en la que se respete la prioridad de quienes caminan. Entonces es más que curioso que mientras intentamos educar al ciudadano para que respete al peatón, introduzcamos pequeños vehículos en sus espacios de circulación y hagamos que sea el peatón quien tenga que apartarse. Una ciudad también educa con aquello que permite. Entonces deberíamos preguntarnos el “por qué” de que al pensar en divertir a nuestros niños en una plaza o en un centro comercial, nuestra primera idea sea ponerlos dentro de un vehículo. ¿Por qué no correr? ¿Jugar? ¿Construir? ¿Trepar? ¿Conversar? ¿Simplemente caminar?

Ya el automóvil ocupa demasiado espacio en nuestras ciudades y no deberíamos ayudarlo a conquistar también el territorio de la imaginación infantil. ¿No debería una ciudad anheladamente caminable empezar por algo mucho más elemental como enseñar a nuestros niños que caminar también puede ser divertido?


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