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El retoño del patriarca

Gonzalo Osorio Toro

lunes, 1 julio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

El paredón de fusilamiento, donde fue rescatado de las balas por una Úrsula iracunda, el coronel Aureliano Buendía, paredón por el cual pasaron a mejor vida los innumerables fusilados del dictador de García Márquez, en el país imaginario pero real de los dictadores de América Latina, es el mismo paredón donde purgaron sus pecados, Santos, Pastrana, Gaviria, Uribe y su retoño mal formado, Duque. Los dictadores son los mismos, así tengan diferente progenitor. Llámese García Márquez o Fernando Vallejo, disponen de la vida y la Nación, y su recua de aduladores, les aplauden y asienten, si el dictador dice que la porquería de sus intestinos huele mejor que el mejor de los perfumes de Carolina Herrera.

En el imaginario de Vallejo, cuando fue detenido Álvaro Uribe, “se le enfrentó el culibajito y solo atinó a decirle al teniente Juan Pablo, te voy a romper la jeta, marica” Los escritores, que todo lo pueden, creadores de mundos fantásticos, menos reales que la realidad de nuestro continente, se han quedado cortos ante el tamaño de nuestra realidad.

 La culpa no es de los dictadores o gobernantes que, en medio de su dominio irracional, ordenan que las estrellas alumbren a las 12 del día, y que los ríos corran en sentido contrario, y “que los pobres, cuando la mierda valga algo, no tengan culo” pueden dictar en medio de la soledad de su poder, las ordenes más irracionales, pero la culpa es de la horda de asentidores, que por las migajas del banquete que ruedan por los manteles del poder, convierten en realidad la desmesura del dictador. No solo son dictadores los tipificados por el boom  latinoamericano, ni los Pinochet, ni los Videla, sino también aquellos llegados al poder por la fantasía ilusoria de la democracia electoral, democracia de tamal y hambre, de cemento y destrucción, sobrepasan los límites de su poder, y con la anuencia de los pordioseros que por las migajas del festín dictatorial, andan por todos los caminos  llevando la buena nueva, de que ahora si tenemos quien manda, un hombre que hace respetar la constitución y las leyes, un hombre de buena madre que solo piensa en el beneficio de los pobres. Mientras los perifoneadores del festín pregonan la falacia, el dictador, viola la constitución, y determina en nombre de dios, de las leyes y de la patria, la muerte y el destierro de cualquier opositor, que pudiéndole más su conciencia que su peligro, asume su destino y enfrenta hasta su desaparición y la muerte, su misión de mostrarle a su pueblo la realidad contraria.

La fantasía de Vallejo en Memorias de un hijueputa, nos libra de la plaga de los dictadores constitucionales, Pastrana, Santos, Gaviria, Uribe y su retoño Duque, monseñores, ministros y magistrados, y todos los que, a su juicio, se han robado la patria.

Es nuestra misión personal, y nuestro derecho humano, asumir la fantasía del escritor, y condenar al ostracismo a los fusilados de la fantasía vallejiana, para que nuestra patria tenga la segunda oportunidad que tanto deseamos.  

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