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¿Exigencias de los tiempos?

Uriel Salazar Ceballos

sábado, 22 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Que la gente busque autoeliminarse parece ser una tendencia irresistible ante la que sucumben personas, jóvenes, adultas y hasta viejas que no logran establecer límites entre lo que pueden o no, con tal de aparecer renuentes ante la realidad…suicidio como protesta, al estilo japonés.

 

Un panorama general nos dice que, hace algún tiempo, cuando la comunicación se establecía a través de teléfonos fijos, solo podía llamarse después de las 10 de la mañana y hasta las 7 de la noche, porque hacerlo fuera de esos horarios indicaba mala educación y falta de respeto, a diferencia de la actualidad cuando, sin importar la hora, los móviles suenan, resuenan o vibran sin límite de tiempo ni de lugar, porque los usuarios los llevan al baño, los colocan en la mesa del comedor como si formaran parte de la vajilla o de los cubiertos, los llevan siempre en la mano, o en el bolsillo de más fácil acceso, o en otras prendas o partes del cuerpo para tenerlos siempre disponibles; los ubican en los escritorios, o en una mesa central alrededor de la cual puedan permanecer más pendientes de las llamadas que de los temas de conversación que, cuando logra establecerse, se interrumpe a cada instante. ¡La interlocución está desterrada!

¿Con quién y de qué se habla en un bus o buseta de servicio público a las seis, siete u ocho de la mañana? ¿Por qué la gente habla o chatea mientras se desplaza en ascensor? ¿Cuál es la urgencia de escribir mensajes, o de hablar a toda hora? ¿Por qué la manía constante de consultar a través de internet, como si se estuviera en una carrera contra el tiempo? Y qué decir de quienes hablan como orates, aparentemente solos, ¿Por qué andan conectados? ¿Por qué familiarizarse con el trabajo bajo esa forma de presión?

Se acabó la libertad para andar por las calles debido a la permanente expectativa de escuchar el timbre, o el sonido ‘boleta’ de una pieza musical que actúa como señal en ese enojoso adminículo móvil, o de chocarse con un móvil-dependiente concentrado en la pantalla. 

Una cosa es adaptarse a las nuevas exigencias de los tiempos, entendiendo y valorando los valiosos aportes de la tecnología al progreso y desarrollo de los pueblos y, otra bien distinta, convertirse en idólatra o esclavo de ella. 

Como si se tratara de una enfermedad degenerativa, este proceso que conduce a la dependencia servil, anula la libertad, automatiza la voluntad, robotiza el comportamiento, altera la conducta, anula la personalidad e idiotiza a multitudes que parecen autómatas en cualquier lugar.

Como fenómeno cultural, la actual tecnología se asemeja al momento cuando empezó a aplicarse la economía, disciplina que habiendo sido ideada para servicio de la humanidad, se convirtió en su verdugo, ya que hoy se vive en función de rendirle culto al valor útil del dinero, descartando cualquiera consideración humana: corrupción, tráfico de personas, drogas y armas, calentamiento global, desglaciación de nevados, acabamiento de páramos, tala de bosques y extinción de especies de flora y de fauna, prostitución, enriquecimiento rápido e ilícito confirman esta modalidad de esclavitud… que de seguir así, conducirá a la deshumanización total, contando con el aporte del abuso de la tecnología. 

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