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Feminismo, masculinidad, desobediencia

Nancy Ayala Tamayo

viernes, 14 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Feminicidos y violación de mujeres que no cesan. Violación y asesinato de niños y niñas. Guerras en las que mueren, en su gran mayoría, hombres de los bandos enfrentados. Catástrofe ambiental. Precariedad general para hombres y mujeres. Un solo espacio global. Y la metáfora de la contracción del tiempo, que ronda como una virtualidad a la espera de su realización. Esta última se esparce a través de las redes computacionales.

 

Es el apocalipsis, la inminencia del fin. O como lo dijera la escritora Andrea Mejía, no es otra cosa que la certeza de que “el tiempo que nos queda, quizás más de lo que hemos sido, es, de una manera enigmática, lo que somos”. Así que entonces somos tiempo. De eso se trata, a mi modo de ver, la conversación que nos propone la antropóloga Rita Segato, quien invita a mujeres y hombres a desobedecer el mandato de masculinidad sobre el que está sustentado lo prevalente, el que descarta la existencia de un mundo tan radicalmente plural como el de la vida. Un mundo que prevalece a partir de la obediencia a prácticas patriarcales tipificadas como grandes agresiones sobre las mujeres, o tan cotidianas como la violencia moral y psicológica, el acoso sexual y laboral, el uso y abuso de mujeres, el manoseo, entre otros. Y el humor sacrificial, el modo en que la risa masculina se regodea en un sinnúmero de descalificaciones y burlas hacia las mujeres. La convocatoria para los hombres es a desobedecer, y por iniciativa propia desmontar lo que ella llama familismo amoral: esa hermandad mafiosa, esa lealtad corporativa que los oprime al verse obligados a mostrar permanentemente su potencia en todos los ámbitos de la vida. Una lealtad corporativa que se extiende de manera jerárquica, competitiva, en las lógicas del mundo judicial, policial, militar, laboral y académico. 

Transitando por este pensamiento me encontré con Medea, del griego Eurípides. ¿Qué enigma encierra la decisión que tomó la hechicera de matar los hijos procreados con Jasón? Por cierto, lo hace para desafiar a su traicionero esposo, a quien no le permite siquiera tocar los cadáveres. Desde aquí me deslizo, para tratar de darle sentido a la obra, por la línea de pensamiento que instaura desde Atenas el dominio del patriarcado. Nada más orgánico a esta lógica que la acepción de ‘pater familias’ romano, a quien todos deben subordinación. Este controlaba todo lo que hacía parte de su casa: esclavos, esposa, hijos, descendencia y patrimonio a través de arreglos matrimoniales. Pero Medea, la bruja, rompe la norma. Ella toma control de sí misma, de su propio cuerpo, decide sobre lo que de ella emana, incurre en este asesinato y Jasón pierde estos dos elementos vitales en su espacio de poder. Estamos frente al ámbito de lo simbólico y, al igual que con Edipo, de Sófocles, se nos propone una perspectiva en la que, tanto hombres como mujeres, han de dar muerte al ‘pater familias’ para alumbrar un mundo nuevo. 

Tanto más importante esta reflexión, cuanto que hoy el Estado pretende renovar su rol de controlador total de la vida de los ciudadanos, inmiscuyéndose en espacios que corresponden a las relaciones entre las personas y, en especial, se torna abiertamente castigador de mujeres. Retomando a Rita Segato, el Estado se ensaña con violencia sobre ellas y en casos como la prohibición del aborto y la negación de un sistema que ofrezca garantías de salud a quien quiera realizarlo, se convierte en un Estado violador pues obliga a la mujer a albergar dentro de sí un conjunto de células no deseable. Es por ello que el feminismo, al adoptar la bandera por el aborto legal, busca romper la norma que liga con el mandato de control y orden del patriarcado, que es el mismo del Estado y del mandato de masculinidad. 

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