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Hace 25 años

Uriel Salazar Ceballos

sábado, 1 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Mañana 2 de junio se cumplirán 25 años de la publicación de mi primera columna de opinión en este diario, titulada Soledad en la multitud, cuando fungía como director el exsenador y exgobernador del departamento del Quindío Rodrigo Gómez Jaramillo, gerente Ana Isabel Jaramillo Mejía y jefe de redacción Miguel Ángel Rojas Arias. Por este motivo, me permito reproducirla:

 

Tres grandes tendencias resumen las formas como nos relacionamos los seres humanos.

Tomás Hobbes aduce la antisocialidad natural del hombre, su instinto agresivo, condensado en el aforismo “El hombre es lobo para el hombre”.

Afirma que la necesidad individual mueve a las personas a vincularse a otras, preferiblemente poderosas, para poder usufructuarse, estableciendo dominación de una parte y sumisión, de otra. 

Juan Jacobo Rousseau suaviza la antisocialidad y plantea la asocialidad, la frialdad o indiferencia natural del hombre respecto de los demás.

De otra parte, la tendencia aristotélica tradicional sostiene la condición o propensión social de la especie, al tiempo que plantea la democracia como la mejor forma de convivencia.

Por su parte, Federico Nietzche, pontífice del egoísmo, arma una apología de la soledad, encarnándola hasta el extremo de morir aislado, incluso de sus discípulos que recordaron siempre: “El tiempo que dediques a los demás, debes emplearlo en ti mismo”…“Si para lograr el estado ideal de soledad es necesario renunciar a los principios que hacen pensar en los demás, entonces hay que matar esos postulados en la conciencia”.

Hoy se da una situación muy particular: ¡El hombre vive solo en medio de la multitud!

La masificación ha traído como consecuencia la pérdida de identidad y aparece la multitud como yuxtaposición o amontonamiento de individualidades, sin vínculos que las integren.

Estadios, coliseos, teatros, calles, buses, centros comerciales y recreacionales colmados de seres solitarios y prevenidos.

En la privacidad de cuatro paredes, cada persona rumia su propia soledad esperando llenar sus vacíos de amistad, compañía, afecto y calor humano.

Se establecen relaciones con base en los papeles de cada uno y se cruza información respecto de lo que se tiene y se hace. 

El efecto deshumanizante de este aislamiento se expresa en formas patológicas de neurosis que afectan a la comunidad social.

Frente a todo esto, la propuesta de que cada persona exprese lo que piense, lo que imagine, lo que sienta, lo que la ilusione o la frustre, teniendo la seguridad de una compañía incondicional, genera esperanza.

Pero, ¿quién se interesa por los demás? Las distancias, el afán de producir y la unidimensionalidad que impiden el sano encuentro, inducen a las personas a refugiarse en un silencio solitario donde no hay nada, salvo la reflexión que, en el fondo, es diálogo.

Las ciencias del comportamiento humano tienen la gran tarea de rescatar a los individuos para la interacción, la solidaridad, el respeto y el servicio.

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