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La bestia rubia en traje de luces

Jairo Urrea Henao

jueves, 20 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Cuenta una versión del mito griego que Pasífae, esposa del rey Minos, tuvo relaciones carnales con el toro de Creta, de las que nacería un hijo de cuerpo humano y cabeza de toro bautizado Minotauro. El rey le hizo construir un laberinto donde cada año hacía entrar a varios jóvenes para que lucharan con él, cuyo resultado sería la muerte del monstruo o ser devorados. Esta práctica perduró hasta que el noble Teseo lo venció y mató.

El ritual volvió a aparecer con ímpetu en los circos romanos donde se echaban por igual a fieras hambrientas con armados gladiadores para que protagonizaran un combate a muerte del cual una de las dos fuerzas vencería. El espectáculo excitaba a los emperadores que clamaban derramamiento de sangre. La conquista romana llevó esta fiesta brava a España que la refinó convirtiéndola en el enfrentamiento del toro de casta con el caballero que lo lidia. 

Hasta hoy, el torero con su traje de luces se encomienda a la virgen de la Macarena para que lo proteja de la bestia y le otorgue la destreza de vencerlo. Los aristócratas aplauden al matador por su faena pidiendo a gritos el sacrificio del bruto; sin embargo, si el bárbaro cornea al matador la tribuna aúlla, lamenta y se desploma en llanto.

Entonces, diríamos con Nietzsche, que la mascarada de la fiesta se ha desdibujado: los sacrificadores no quieren matar hasta que el animal haya inclinado su testa. El pálido delincuente debe ser humillado para que prevalezca la supremacía del humano.

La ceremonia, ya popularizada, contiene un fin que se encubre en la tradición llamada cultura de los pueblos, pero, en realidad es una metafísica orientada a que los hombres desprecien e intenten eliminar la naturaleza animal que los constituye

Sin embargo, dice el filósofo, el animal no se humilla ni pide clemencia, como sí lo hacen los cobardes humanos, él simplemente lucha por sobrevivir hasta que se agotan sus fuerzas entregándose a la muerte; quizás, intuye la trampa que le han tendido: encierro en la obscuridad, golpiza con sacos de arena, pinchazos profundos, vaselina en los ojos, alfileres en los testículos, cuernos limados, banderillas… ¡Olé! y una multitud de borrachos con manzanilla esperándolo.

El ritual alimenta la falsa creencia, que humillando a la bestia y luego sacrificándola, ha vencido su propio minotauro.

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