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Millennials generation

Jairo Urrea Henao

jueves, 27 junio 2019

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Juan nació en el año 2000, y cuando cursaba sus estudios de bachillerato fueron desplazados por los violentos con otras familias de la vereda donde habitaban. 

Ahora en la ciudad, en condición de marginados, con sorpresa son testigos de un discurso que avala al ser humano como superior sobre las otras creaturas de la naturaleza, escuchan que si cometen una acción que no corresponde con la ‘moral’ vigente se les compara con el comportamiento de los salvajes.

Juan presiente que estas semejanzas en la ciudad no son reales en el campo, tal vez, disculpas de los ciudadanos que encubren cosas peores como: contaminar las aguas, deforestar los bosques y selvas, enrarecer la atmósfera con gases tóxicos; además, consumen comidas chatarra y basura, inhalan drogas psicotrópicas… y ven mucha televisión. Sabe que ningún animalito lo haría por su propio interés.

Intuye que esta visión distorsionada está borrando la distinción tajante entre el humano y el animal, que se ha ido desdibujando a medida que se masifica a los hombres sacándolos de sus hábitats para empujarlos a las urbes de concreto. Así, el hacinamiento en casas de interés social y bloques de edificios de apartaestudios desatan violencia intrafamiliar de la cual salen arrojados jóvenes desadaptados, como él, que se lanzan a las calles tal fiera liberada. 

Primero hizo parte de las multitudes de los escenarios deportivos, los musicales y las rumbas donde sintió potenciarse una fuerza destructora alimentada por una rabia contenida al presentir que no hay futuro. Pasó a enrolarse en una de las barras bravas de un equipo de fútbol, y luego a una bandola. Una madrugada un jíbaro le ofreció una droga sintética que lo llevaría al paraíso.

Despertó en un rincón de algún suburbio entre perros callejeros, gatos remontados y ratas subterráneas, igualmente desplazados, quienes lo acogieron sin recelo; aprendió de sus sistemas de supervivencia, y junto a estos compinches se dedicó al rebusque entre las canecas de basura de la gran selva de cemento.

En un encuentro furtivo con otro habitante de la calle le contó, mientras soplaban pegante, que se había enterado por la televisora como ambos pertenecían a la generación de los milenios. “¡Bobo, la promesa del futuro! ¡Nacimos con la tecnología incorporada en el ADN! …” En ambos explotó una desdentada y feroz risotada que acompañó los gruñidos festivos de caninos, roedores y felinos.

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