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¿Quién decide el futuro de nuestra casa?

William Sánchez Lenis

domingo, 18 octubre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hay decisiones que van mucho más allá de un proyecto, una inversión o una promesa de desarrollo. Son decisiones que nos obligan a preguntarnos qué entendemos por progreso y, sobre todo, qué lugar ocupa el ser humano en aquello que llamamos desarrollo.

La discusión que se ha abierto en Quimbaya alrededor del proyecto Territorio Panaca nos invita a pensar en ello. Una iniciativa que promete inversión y oportunidades económicas también despierta preguntas sobre el territorio, sus recursos naturales y la participación de quienes habitan en él.

No se trata de estar a favor o en contra del progreso. Nuestra región necesita empleo, inversión y oportunidades. Pero también necesita que las decisiones que comprometen su futuro se tomen con transparencia, responsabilidad y respeto por las comunidades.

El pasado 16 de octubre se conoció una decisión judicial que ordenó rehacer el trámite de participación ciudadana relacionado con la modificación del Plan Básico de Ordenamiento Territorial para incorporar el proyecto. Más allá de sus implicaciones jurídicas, este hecho nos recuerda algo fundamental: escuchar a la gente no es un favor que hacen las autoridades, sino una responsabilidad de quienes tienen el deber de gobernar.

A veces hablamos del territorio como si fuera solamente tierra disponible para construir, producir o generar riqueza. Pero un territorio es mucho más que eso. Es el lugar donde las familias han construido sus historias, donde el agua sostiene la vida, donde la naturaleza nos recuerda nuestra fragilidad y donde las nuevas generaciones esperan encontrar un futuro digno.

Desde una mirada espiritual, cuidar nuestra casa común significa reconocer que no somos dueños absolutos de todo cuanto nos rodea. Somos responsables de aquello que recibimos y de lo que dejaremos a quienes vendrán después de nosotros.

Por eso, el desarrollo no puede medirse únicamente en cifras, inversiones o construcciones. También debemos preguntarnos si mejora la vida de las personas, si protege los bienes que compartimos y si permite que las comunidades participen en las decisiones que las afectan.

Escuchar no significa necesariamente estar de acuerdo. Significa reconocer que el otro tiene una voz, una historia y una dignidad que merecen respeto. Las diferencias pueden existir, pero no deberían convertirse en razones para descalificarnos ni para ignorar las inquietudes de los demás.

Las autoridades tienen la responsabilidad de garantizar procesos transparentes; los promotores de los proyectos, de explicar sus alcances, y los ciudadanos, de participar con argumentos y sentido de responsabilidad.

Con frecuencia pedimos a Dios que bendiga nuestra tierra, que nos conceda prosperidad y que abra caminos para nuestro futuro. Pero también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para cuidar esa tierra y para que las decisiones sobre ella sean justas. Porque no basta con pedir la bendición de Dios para un territorio si olvidamos la dignidad de quienes lo habitan.

El verdadero progreso no consiste solamente en transformar el paisaje, sino en construir una sociedad donde nadie sienta que su voz sobra. Al fin y al cabo, nuestra casa común será verdaderamente próspera cuando aprendamos que crecer también significa escuchar, cuidar y caminar juntos.