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Soltar la maleta

Mauricio Hernández

miércoles, 16 septiembre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Es normal que una de las primeras preocupaciones que nos asalte antes de viajar sea preparar la maleta. Digamos, en términos de ansiedad, que es una tarea dispendiosa porque no queremos dejar nada, mucho menos cuando salimos fuera del país.

Imaginamos todo tipo de situaciones: ¿y si se nos olvida el cepillo de dientes? Tal vez creemos que solo a la vuelta de nuestra casa venden cepillos y que, en el resto del mundo, no. ¿Y si dejo esa camisa que estaba pensando ponerme? Con seguridad se nos descuadra la imagen mental que habíamos construido de nosotros, ya vestidos, en el destino. Lo otro sería apelar a algún taparrabos que encontremos por allá.

Hay maletas que se arman meticulosamente y otras, a la guachapanga. Doblamos, enrollamos, comprimimos, sacamos una cosa para meter otra y, si hace falta, nos sentamos encima para cerrar la cremallera. Después la levantamos a puro pulso y tratamos de calcular cuánto pesa, como si la mano pudiera reemplazar una báscula.

Lo curioso de las maletas es que no siempre sabemos cuánto estamos cargando. Con el tiempo vamos metiendo en ellas cosas que no ocupan espacio, pero pesan. Lamentaciones por lo que no fue, resistencias al cambio, emociones dolorosas, conversaciones que seguimos repitiendo a solas, recuerdos aparentemente imborrables, heridas que preferimos no tocar, fotografías que registran situaciones y personas que ya mutaron. También alguna culpa que se quedó doblada en el fondo, al lado de un miedo, una decepción o una frase que alguien dijo y que decidimos guardar sin saber muy bien para qué.

Lo extraño es que pocas veces abrimos esa maleta para revisar lo que tiene adentro. Apenas acomodamos. Movemos una cosa de sitio, apretamos otra, buscamos una nueva ubicación y volvemos a cerrar. Con los años, incluso, podemos olvidar qué estamos cargando. Solo sabemos que pesa y que, de alguna manera, hay que seguir andando con ella.

Entonces cambiamos la maleta de mano, la arrastramos un rato, la dejamos en el suelo mientras descansamos y luego volvemos a levantarla. El cuerpo aprende a inclinarse un poco hacia un lado, a compensar el peso y a encontrar una postura que permita continuar. Quizá por eso uno puede pasar años con la misma maleta sin preguntarse demasiado para qué seguimos cargándola.

Hay momentos, además, en los que la vida se vuelve lo suficientemente compleja como para no tener ganas de abrirla. Vaciar una maleta implica encontrarse con cosas que uno había preferido dejar en el fondo. Así como nos cuesta desprendernos, tampoco estamos preparados para inventarios. 

A veces, incluso, pensamos que necesitamos una maleta más grande, con más bolsillos, mejores cierres y ruedas más resistentes, convencidos de que ahí podrá caber todo lo que insistimos en llevar. Somos acumuladores por naturaleza, en este caso, creemos que no hay necesidad de ir eliminando.

Y quizá por eso, de vez en cuando, una maleta no necesita que la organicemos mejor ni que encontremos otra forma de cargarla. Necesita que la soltemos, aunque a veces cueste hacerlo. Porque hay viajes que necesitan hacerse sin ninguna carga encima.


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