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Sucesos paranormales (4)

Gustavo Páez Escobar

lunes, 19 octubre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Hace años, cuando me desempeñaba como gerente del Banco Popular en Armenia, uno de los celadores me comentó que en la oficina había un fantasma que aparecía en horas de la noche.

Tres días después me informó el otro celador que se trataba, en efecto, de un espíritu que deambulaba por el segundo piso, abría y cerraba escritorios, tecleaba las máquinas de escribir, y tosía con voz ronca. Solo le faltaba hablar.

El caso se hizo contundente cuando Leonel Gómez, el celador más avezado, a quien recuerdo con mucho afecto, me aseguró que había visto una cara difusa, que aparecía y luego se evaporaba en el cuarto de la cafetería, no sin antes lanzarle una mirada penetrante. Y se percibía en el ambiente un clamor o un gruñido, como si se tratara de un alma en pena. Ambos celadores eran personas serias y creíbles, y por consiguiente no podía yo ignorar la realidad. 

Noches después, en reunión de trabajo con los jefes de sección, saqué a colación la noticia del fantasma. La mayoría creía que sí, que era un espíritu cierto, pero uno de ellos llevaba la contraria con el argumento de que los fantasmas son seres enigmáticos creados por la imaginación o la ingenuidad, por lo mismo que nadie ha podido comprobar que en verdad existen. Y gozó narrándonos una serie de hechos aparentes –de absoluta falsedad, según él– ocurridos en su familia.  

Lo cierto era que el fantasma seguía asustando a los celadores. Lo supimos con plena certidumbre al día siguiente, cuando el celador me contó que había tenido que enfrentarlo. Y fue enfático en la aseveración de que, como nos habíamos burlado de él, se había enfurecido. Leonel escuchó, pasada la medianoche, un portazo en la pieza de la celaduría, la cual quedó ipso facto asegurada por dentro. También, claro, podía ser un ladrón. 

Revólver en mano, él le gritó a la persona incógnita que saliera de la pieza. Nadie le contestó. Recordó entonces un episodio que había vivido cuando prestaba el servicio militar. Iba a caballo por un campo de violencia, y de repente el animal se encabritó en un recodo del camino. Días después volvió a pasar por el mismo lugar, y por poco el caballo lo derriba. Alguien le habló por primera vez del fantasma, y le aconsejó que llevara consigo una botella de agua bendita para esparcirla en el aire si se repetía el mismo incidente. Y así lo hizo. Desde entonces se normalizó su tránsito por aquel paraje.

Ahora se repetía la misma escena, en distinto escenario. Como la pieza de los celadores seguía cerrada, con la cacha del revólver Leonel se dedicó a destruir, golpe tras golpe y cada vez con mayor coraje, la chapa de la entrada. Muy bien sabía que lo que se escondía en aquel recinto era una fuerza impetuosa que le causaría grave daño en caso de embestirlo de frente. Así pues, tomó la botella de agua bendita, se protegió en una pared, rezó una oración, y abrió la puerta.

Cual una tromba desenfrenada, la energía allí contenida se estrelló contra el muro y se deshizo en medio de un ruido espantoso. Al día siguiente, me mostró la mano lacerada y me sostuvo, victorioso, que el fantasma había muerto. ¿Un fantasma muere? No lo sé.