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Tiempo nublado

Óscar Iván Sabogal V.

jueves, 1 octubre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Si en algo se empeñan las sociedades posmodernas es en ocultar la condición de perecederos de los seres humanos

Nada que hacer, todos tenemos fecha de vencimiento, esa condición cierta que se cumplirá algún día. Esta certidumbre ha sido reemplazada por una suerte de religión que se empeña en ocultar la vejez, la enfermedad y la muerte y privilegia un paraíso impostado donde reina la salud, la juventud y la belleza. De esa tarea se responsabiliza la publicidad, celestina encargada de concertar a cualquier precio nuestra cita diaria con la sociedad de consumo.

Nos venden cotidianamente la idea de un mundo excluido de los aspectos negativos, de los cuestionamientos, de los peligros de la condición humana, de las tragedias, y nos pinta con mano maestra solo fantasías, océanos de mermelada sagrada, diría Estanislao Zuleta, el culto al cuerpo, a la Nueva Era, la felicidad y el confort por fascículos , el reino de los arquetipos, las ilusiones alcanzando al frenesí por compararlo todo, autos, muebles, electrodomésticos, tarjetas de crédito, vacaciones, el paraíso consumista por cuotas que se pagan en una eternidad.

Pero vienen de pronto las nubes negras de las crisis, los flagelos, las grandes catástrofes como los sismos, el cambio climático, el terremoto, la mutación de los microbios y la amenaza de todas las pandemias que afectan a la humanidad, y empezamos a constatar que todo cielo tiene como correlato un infierno donde se debaten los excluidos de esa opulenta sociedad de consumo.

Entonces vemos pasar a los sujetos pasivos de la miseria, a los indigentes, que vienen de los basureros, al jornalero sin esperanza, al niño abandonado… al idiota, el demente, el sifilítico, a todos los excluidos que convocó Jorge Zalamea en “El sueño de las escalinatas”, que al pasar nos recuerdan lo que la publicidad se empeña en hacernos olvidar o ignorar, que existe la vejez, que existe la enfermedad, que existe la muerte y que las bases de nuestra civilización están construidas sobre la insensibilidad y la indiferencia.

Los que carecen de todo, los que no tienen ni salud ni juventud ni belleza, quienes no registran en la sociedad de consumo opulenta y feliz, pasan entonces de una autocracia hegemónica que los tenía excluidos del tren del éxito y la fortuna porque no pueden comprar, a una democracia tramposa que empieza a preocuparse por ellos, en la medida en que su simple condición de seres humanos los hace objeto de vulnerabilidades que no distinguen entre pobres y ricos.

Quizá ahora comprendamos que lo que necesita el mundo seguramente no son más cosas, más automóviles, más mansiones , más progreso, sino dosis importantes de generosidad humana, una mirada crítica sobre el sospechoso “opulento porvenir”, un poco de honestidad y mucha sensatez para sortear de manera más justa e incluyente las amenazas que se ciernen sobre este tiempo nublado que vivimos.


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