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Y el otro que se aguante

William Sánchez Lenis

domingo, 4 octubre 2026

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Es normal que en muchos de nuestros barrios, el fin de semana, alguien sienta el deseo irresistible de poner a prueba la capacidad máxima de su equipo de sonido. Y no dejamos de preguntarnos: ¿y qué pasa con el otro que quiere descansar?

Pareciera que, con el paso del tiempo, nos hemos convencido de que el derecho mío es absoluto y los demás, bueno, que aguanten un poco. Y lo vemos con la música, con los andenes invadidos por negocios que buscan ser más y más grandes, con motocicletas que se modifican para que hagan ruido como si de un avión de guerra se tratara.

Lo vemos también en la basura que queda en el piso de cualquier calle y en muchos ejemplos más que nos muestran una ciudad que se vuelve cada vez más agresiva, menos tolerante y menos respetuosa; una selva donde pareciera imperar la fuerza sobre la razón, el atropello sobre el respeto y la intolerancia sobre la cordura.

Que Armenia sea una ciudad linda no depende solamente del cuidado que se dé a sus parques o de la estética de sus edificios. También depende de la capacidad que tengamos todos y cada uno de nosotros de mirar al otro con más respeto y empatía.

Pensamos que yo tengo derecho a pasarla bien porque estoy en mi casa, en mi carro, en mi moto, en mi trabajo, en mi espacio, en mi barrio. Pero nos olvidamos de que todos estamos compartiendo los espacios y que, al fin y al cabo, todo tiene un límite.

Hay una pregunta sencilla que quizás deberíamos hacernos con más frecuencia: ¿cómo afecta lo que hago a la persona que está al lado? No se trata de dejar de disfrutar, de trabajar, de celebrar o de vivir nuestra ciudad. Se trata de entender que la libertad también implica responsabilidad y que mis derechos encuentran un límite allí donde comienzan los derechos del otro.

Desde una mirada pastoral, esto también tiene mucho que decirnos. El Evangelio nos recuerda que el prójimo no es una idea abstracta: es la persona concreta que vive junto a nosotros, que intenta descansar, que trabaja, que cuida a sus hijos, que está enferma o que simplemente necesita un poco de tranquilidad. Amar al prójimo no consiste solamente en grandes gestos; muchas veces empieza por algo tan sencillo como bajar el volumen, no ocupar el andén, recoger la basura o evitar un ruido innecesario.

Quizás necesitamos volver a aprender algo que parece elemental: vivir juntos. Una ciudad no se construye solamente con cemento, parques bonitos y edificios bien cuidados. Se construye también con pequeñas decisiones cotidianas que expresan consideración por los demás.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente: ¿qué puedo hacer porque tengo derecho? También deberíamos preguntarnos: ¿qué puedo dejar de hacer por respeto al otro?

Porque al final de cuentas, vivir en comunidad significa entender que no estamos solos. Y que una ciudad verdaderamente bonita no es solamente aquella que se ve bien, sino aquella en la que sus habitantes han aprendido a mirarse, a respetarse y a convivir.

Armenia también se construye desde ahí: desde la capacidad de cada uno de nosotros de comprender que el otro existe, que también tiene derechos y que su tranquilidad, su dignidad y su bienestar importan.

Y quizás entonces el otro ya no tendrá que aguantarse.


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