Editorial / NOVIEMBRE 30 DE 2020

Alborada

Atrás quedaron los tiempos en los que la diversión no suponía, siempre, abusar de las libertades personales en detrimento del bienestar colectivo.

Alborada

Hoy a la medianoche comienza el que para muchos es el mes más alegre del año. Lejos de cualquier reparo por lo comercial que históricamente han sido estos treinta días, desde mañana algo en la mentalidad colectiva cambiará y pese a las dificultades propias de cada año, se despertará en la mayoría un sentimiento diferente y que este año, más que en otros otros, hace falta permitirse sentir.

Lástima que también desde hoy comience una alerta roja, adicional a la pandemia, para hospitales y clínicas, por los excesos que el ser humano suele cometer en nombre de la celebración navideña. Lo que es gozo para muchas familias es tormento para otras por culpa de las imprudencias de tantos. 

La alborada fue durante décadas un día novedoso, esperado y motivador. El ruido generado por quienes celebraban la llegada del esperado y colorido mes doce no iba más allá de la momentánea pero entendible incomodidad provocada por el sonido de cacerolas y ollas en las que después herviría la primera natillada del mes. Cuando los madrugadores advertían los primeros rayos del sol volvían a sus casas a recuperar el sueño. La tarea estaba hecha, se había anunciado con molinillos y tapas de ollas que diciembre con su alegría había comenzado.

Ahora resulta que el primero de diciembre es sinónimo de peligro y por eso el alcalde de Armenia, como varios en el territorio nacional, afortunadamente, decretó ley seca y toque de queda para motociclistas. Es mejor. Así la ciudadanía se protege un poco, aunque sea por un día, de tanto vándalo motorizado, drogado o alcoholizado, violando las normas de tránsito, quemado pólvora, tirando papeletas debajo de las puertas, mojando o echando harina a los demás y haciendo toda suerte de tonterías. Bienvenida la restricción, ese es el único camino cuando el ciudadano demuestra que no es capaz de autorregularse.

El luto que habrá esta Navidad en muchos de los hogares quindianos, entre otras razones por la letalidad del innombrable virus, no debería ser óbice para celebrar en familia y arroparse unos a otros en torno a las emotivas fechas decembrinas.

Una cosa es que no haya fiesta ni consumo de licor, ni música parrandera a todo volumen, por la angustia vivida durante casi todo el año, multiplicada por la partida de seres queridos, y otra muy distinta es que quienes sufren no puedan encontrar en las luces navideñas, en el árbol, el pesebre, los faroles y las novenas una pausa a tanto dolor. 

En cualquier caso la celebración ojalá sea familiar, con austeridad en lo material pero con abundancia en el corazón. Este año supuso un reto sin precedentes para todos los miembros de la familia. Los más pequeños han estado mucho tiempo encerrados, cumpliendo de manera atípica con sus compromisos académicos, alejados de sus amigos; los más grandes llevan ocho meses de tensión por la posibilidad de perder el empleo o no haberlo encontrado. Razones adicionales que justifican abrir la puerta de cada hogar para esperar la natividad.

Respetable que otros miren con rabia y de reojo el mes que esta medianoche arranca, pero bueno sería devolverle a los más pequeños, y de contera a los más grandes, algunos momentos de solaz por tanta turbulencia vivida.

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