Editorial / SEPTIEMBRE 16 DE 2021

¿Cuál control?

Ni los concejales son empleados de un alcalde ni los diputados de un gobernador ni los congresistas de un presidente.  

¿Cuál control?

A quienes son elegidos por voto popular para ocupar una silla en el congreso, la asamblea o el concejo, el salario se los paga, vía impuestos, el pueblo que los eligió. La única relación entre el ejecutivo y el legislativo es la discusión de los asuntos del país y no algún negocio particular, igual debe ocurrir en los municipios y departamentos entre quienes ordenan el gasto y quienes controlan que se haga de manera correcta. 

Lejos de ser una perogrullada lo anterior, es la advertencia de lo que pareciera estar sucediendo en el país y los territorios. La reciente “jugadita” en el Congreso, que provocó la negada moción de censura contra la encartada y bien ida ministra Tic, dejó claro que, para muchos legisladores, antes que representar los intereses y el sentir de la ciudadanía, son prioridad los fríamente calculados movimientos políticos para no quedar fuera del tablero de poder. Por eso es la desconfianza de quienes votan. 

Ya en el plano local, aquello del control político hace rato se prostituyó en casi todos los municipios y departamentos. Contadas son las excepciones. Lo que abunda en los concejos y asambleas son componendas, los proyectos de los que son ponentes los corporados vienen ya con una orden del ejecutivo de turno, la mayoría de los debates son de mucha algarabía y poco análisis. Previo a un debate se hacen acuerdos y los concejales y diputados llegan al recinto con su voto listo. Es eso o quedarse sin burocracia y eso para quien aspira seguir en la política en busca de una reelección es una muerte política anticipada.

La utopía es tener concejales y diputados, sin excepción, que piensen en el bienestar colectivo y no en los negocios. Lástima, ser de la coalición provoca una sonrisa socarrona porque se presume el derecho a una parte del pastel y, en cambio, ser de la oposición, es tener un arma letal para lograr, tal vez, una tajada más grande de la torta. Un alcalde, alcaldesa, gobernador o gobernadora, no necesita amigos concejales o diputados, no, lo que de verdad le ayudaría sería contar con un concejo o asamblea con criterio que no anteponga el signo pesos a la firma de un proyecto. 

Decirle no a un proyecto del ejecutivo, salvo que sea un mecanismo de extorsión, no debería ser la declaratoria de una enemistad personal entre quien ordena el gasto y quien lo controla. Pero eso pasa. Decirle sí a una iniciativa de un alcalde o un gobernador no puede ser una moneda de cambio por puestos o contratos para conocidos, pero también pasa. Lástima por quienes debutaron en las corporaciones públicas de Armenia y el Quindío, prometiendo renovación y cambios, pero terminaron avalando deleznables prácticas politiqueras. 

De ustedes, señores concejales, diputados y congresistas, quienes los eligieron esperan que de verdad defiendan los intereses de todos y ayuden a corregir el rumbo del territorio que están coadministrando; y que haya un control político de verdad, no esa ordinaria pantomima que suelen patrocinar y con la que lo único que hacen es aumentar el desprestigio de las instituciones que representan y el fastidio de la mayoría por la forma como lo hacen.

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