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Editorial / FEBRERO 09 DE 2023

Cuatro atentados

Balas, ponerle precio a la opinión, vanidad y pereza atentan contra la libertad de prensa.

Cuatro atentados

Según la Fundación para la Libertad de Prensa, Flip, entre el 2020 y el 2022 fueron asesinados 2 periodistas en Colombia. En el mismo periodo se produjeron 16 exilios (4 en 2020, 4 en 2021 y 8 en 2022), 218 agresiones físicas (30 en 2020, 168 en 2021 y 20 en 2022), 5 atentados (4 en 2021 y 1 en 2022), 14 desplazamientos (8 en 2020, 1 en 2021 y 5 en 2022), 189 hostigamientos (40 en 2020, 65 en 2021, 84 en 2022) y un marcado incremento en amenazas (152 en 2020, 172 en 2021 y 218 en 2022). De la mayoría de las amenazas (233) en contra de los periodistas, no se tiene identificada la fuente, 122 las hicieron particulares, 71 las bandas criminales, 35 grupos de disidencias, 30 los paramilitares, 21 la fuerza pública, 17 la guerrilla y 9 provinieron de funcionarios públicos. Estas cifras confirman que en Colombia se sigue atentando contra la libertad de prensa, pero no solo de esas formas. 

Aunque, en comparación con las últimas décadas, el número de comunicadores asesinados ha disminuido, el silencio de medios y comunicadores es una constante. Antes, a los periodistas los callaban con un disparo en la sien o enviándoles sufragios. Ahora, porque les resulta más rentable a las fuerzas del mal, a muchos comunicadores los callan con un contrato publicitario o con favores personales y con eso consiguen, además de silenciar la crítica, lograr que la misma sea en contra de quienes son enemigos políticos de ese o esos que se acostumbraron a comprar micrófonos, pantallas y cuartillas. La violencia en contra del periodismo no ha parado, ha mutado y quienes han aceptado quedarse callados por la pauta o el favor, contribuyeron a que el oficio se desprestigie y se aleje de ese sitial de honor que alguna vez tuvo y que bien hicieron al llamar: cuarto poder. Empeñar la opinión, la conciencia y los principios es también un atentado contra el periodismo. 

La levedad y la vanidad también tocó el ejercicio periodístico, la mística por el oficio se ha ido diluyendo. Cada vez son menos y se forman menos personas con pasión y entusiasmo por escribir, por investigar, por hacer reportería, por contar buenas historias. Ese es otro atentado, uno más, contra el buen periodismo. Quien decide abrazar esta profesión debe saber que el objetivo no es conseguir dinero y que la figuración existe mientras haya un medio en donde ejercer. Los periodistas no pueden sentirse ni actuar como parte de una élite intocable y mucho menos como dueños de la verdad absoluta. Están equivocados quienes en ejercicio de tan noble oficio terminan actuando como jueces, fiscales, procuradores o magistrados. En la calle, haciendo reportería, leyendo, escribiendo y, sobre todo, siendo ciudadanos ejemplares y buenas personas, es como se podrá reconsiderar el rumbo en un oficio que cada vez le exige menos a quien lo quiera desempeñar. 

El cuarto atentando contra el buen periodismo es la pereza. Comunicadores que se empeñen en gastar más el cuero de una silla que las suelas de sus zapatos perpetuarán la mediocridad; empujan audiencias al caótico, anónimo y apócrifo mundo de las redes sociales para que se “informen”; vuelven normal hacer periodismo de periodistas; y aumentan las dudas sobre si hoy en día el periodismo sigue siendo el cuarto poder. Mucha autocrítica habrá que hacer para recuperar la confianza y la credibilidad, lástima que mirarse y autoevaluarse no sea una prioridad y una constante en todas las salas de redacción.


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