Editorial / NOVIEMBRE 26 DE 2022

Cuatro males

Muchos vehículos, pocas vías, insuficiente control y, sobre todo, mala educación al volante, configuran uno de los grandes males de la ciudad. 

Cuatro males

No tendría que ser un mal el incremento del parque automotor de una ciudad, pero cuando hay un atraso de varias décadas en construcción de nuevas vías (lo que sí es un mal), entonces sí se torna algo negativo. Lo tercero que está mal, admitido por el propio comandante de tránsito de Armenia en el recinto del concejo, es la deficiencia en número de uniformados para patrullar y ordenar el tránsito vehicular en la capital quindiana. Lo cuarto malo es el poco sentido de pertenencia por la ciudad y la insolidaridad de muchos de los conductores. Por eso el caos a cualquier hora del día en calles y carreras de este territorio, la alta cantidad de siniestros viales y la sensación de estrés en la vía pública. 

Contra lo primero, quien gobierna localmente nada puede hacer; el acelerado crecimiento del parque automotor es ya una problemática nacional. De a poco, esta otrora ágil ciudad para recorrer en moto o carro se parece a las grandes urbes, el encanto de ciudad fácil de transitar se está perdiendo. Lo grave es que la creciente cifra de automotores rodando por vías municipales y departamental es directamente proporcional al desorden en la ruta y el número de accidentes con heridos y fallecidos. Aumenta el número de ciudadanos con licencia de conducción y pocos modales; los vehículos, tipo chimenea, también suben en número, igual que las maniobras torpes e indebidas al volante. 

Con respecto a lo segundo, la falta de vías nuevas, apenas tendrá Armenia, si se cumple con lo anunciado por el gobierno local, dentro de un año, una vía nueva: obra de valorización que conectará el sector Portal del Quindío con la avenida Centenario. Hay desorden vial, pero ya no solo en el centro de la ciudad. En el norte hay calles por las que, si una máquina de bomberos necesita atender una emergencia, no  podría pasar; en el sur los propietarios de vehículos convirtieron andenes, vías verdes y carriles enteros en parqueaderos, por la cantidad de construcciones de apartamentos sin zonas de estacionamiento; hay doble fila de estacionados en cada calle que conecta con la avenida Bolívar; el tránsito por la Centenario es a menos de diez por hora en varios tramos; y, las dobles filas en las afueras de los centros comerciales ya no son solo de taxis, los particulares copiaron esta mala costumbre. Se hizo tarde, muy tarde, para implementar zonas azules, hacer cumplir los horarios de descargue, obligar a los conductores de buses de servicio público utilizar las bahías de recogida y descarga de pasajeros y hacer que los taxistas también cumplan con las normas de tránsito. 

El tercero de los males, la falta de agentes de tránsito, acumula ya varios años. Es imposible tener un uniformado en cada esquina, esa tampoco es la solución definitiva, pero tener más guardas y, sobre todo más grúas, ayudaría mucho. A los funcionarios de Setta no se les puede criticar por negligentes, se les ve patrullando de día y de noche, sus turnos son agotadores, no tiene un trabajo fácil, pasan y repasan con frecuencia las vías céntricas pitándoles a los mal parqueados, pero es que sencillamente no dan abasto. Se convierte el mal parqueo en el juego del gato (agente de tránsito a pie o en moto escuchando excusas de los malos conductores) y del ratón (avivatos al volante, cual adolescente rebelde, creyendo que engaña a la autoridad con su errático proceder, cuando lo que está afectando es la ciudad en la que vive). 

Definitivamente, el mayor problema, es la incultura ciudadana. Mucho de lo que hoy agobia a la mayoría se podría evitar con algo de sentido común, una mínima dosis de amor por la ciudad y un poco de solidaridad con los demás actores viales. Pero no, el mal conductor, además, vitupera contra el gobierno para evitar cumplir con sus deberes. Los malos ciudadanos al volante tienen una característica en común: exigir mucho y no aportar.

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