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Editorial / ABRIL 20 DE 2024

Entornos seguros 

“¿Estamos realmente preparados para proteger a nuestros niños y adolescentes de los peligros acechantes en el vasto y sin ley mundo digital?”.  

Entornos seguros 

La era digital, con todas sus promesas de conectividad y avances, ha engendrado nuevos monstruos en el ámbito de la educación tales como el acoso a través de las redes sociales. Las más populares plataformas de medios sociales se han convertido en un campo de batalla para el acoso y el matoneo entre los estudiantes.  

La señal de alerta fue levantada por docentes y directivos de seis colegios de Armenia, quienes informaron una serie alarmante de casos en los que los estudiantes se enfrentan entre sí a través de desafíos virales a burlas públicas, todo orquestado dentro de la esfera digital de TikTok. Es un fenómeno que arroja una sombra oscura sobre la seguridad y el bienestar de nuestros jóvenes en un entorno que debería promover el aprendizaje y la camaradería.  

La respuesta de las autoridades educativas, aunque es loable en su intento, parece estar luchando contra un incendio que ya está fuera de control. La secretaria de Educación de Armenia, Paula Andrea Huertas Arcila, reconoció el problema e informó que se están implementando medidas como la prohibición del uso de teléfonos celulares durante las horas de clase, una estrategia que, aunque bien intencionada, se enfrenta a un enemigo más astuto y persistente: la naturaleza misma de la interacción en línea.  

Pero TikTok no es solo un campo de batalla para el acoso y el bullying; también sirve como terreno fértil para formas más insidiosas de abuso, como el ciberacoso sexual y el “grooming”. De ahí surge la pregunta: ¿Estamos realmente preparados para proteger a nuestros niños y adolescentes de los peligros acechantes en el vasto y sin ley mundo digital?  

En los entornos escolares el problema no se limita al acoso en línea. En un giro aún más preocupante, hay conflictos relacionados con el consumo de sustancias psicoactivas entre los estudiantes, lo que plantea serias preguntas sobre la eficacia de los programas de prevención y la supervisión dentro de las instituciones educativas.  

Por otro lado, la preocupación alcanza su punto más desgarrador cuando nos enfrentamos a la realidad de que muchos casos de agresión sexual entre estudiantes pasan desapercibidos o sin denunciar. El miedo al estigma y la vergüenza, junto con la falta de apoyo adecuado, deja a las víctimas en un estado de vulnerabilidad desgarrador.  

La comunidad quindiana debe unirse en un esfuerzo concertado para abordar estos problemas de manera integral. Los padres, los docentes, las autoridades educativas y la sociedad en su conjunto tienen la responsabilidad compartida de proteger a nuestros jóvenes. No podemos permitirnos ser complacientes ni esperar a que la próxima tragedia nos obligue a tomar medidas.  

Es necesario un enfoque multifacético que combine la educación, la supervisión activa, la intervención temprana y el apoyo continuo para garantizar un entorno seguro y saludable para nuestros niños y adolescentes. Debemos estar atentos a las señales de advertencia, proporcionar recursos adecuados y, lo más importante, escuchar y creer a aquellos que necesitan nuestra ayuda.  


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