Editorial / NOVIEMBRE 26 DE 2020

Entre vecinos

La mayoría de los conflictos entre vecinos, muchas veces con desenlaces fatales, son provocados por la mala tenencia de animales de compañía.

Entre vecinos

Pocos días después de que fuera mediática la agresión en Calarcá de un adulto a un perro hasta matarlo, otra vez los sentidos y la agenda informativa local se ocupan con la noticia de las heridas provocadas por un hombre, armado con cuchillo, a un perro en un conjunto residencial. El camino más corto y taquillero fue emitir juicios sobre lo acontecido, teniendo como único soporte para hacerlo un fragmento de un video sin audio.

Nada, salvo que esté en juego la vida propia o la de otra persona, justifica una reacción de esta proporción en contra de una especie viva. Vale la pena reflexionar sobre lo sucedido en Proviteq, no sin antes decir que el video es solo la punta del iceberg. El ataque de humanos a animales es uno de los posibles desenlaces de los múltiples que conlleva los conflictos que hay entre vecinos por la tenencia de mascotas. El hecho reseñado pudo haber terminado con la muerte del animal, o la muerte de uno o de los dos hombres implicados en el suceso o con alguien privado de la libertad. De ese tamaño es el asunto.

La convivencia entre vecinos tiene fundamentalmente tres fuentes de afectación: las decisiones gubernamentales, las condiciones físicas del espacio y el comportamiento humano. Lo que haga un animal de compañía es exclusivamente responsabilidad del humano que lo tiene como mascota. Claro que hay que reprochar la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, lamentable que un ciudadano quiera matar un animal y/o a su propietario; pero eso no puede aplazar ni ocultar, ni evitar la también crítica constructiva para los tenedores de animales —preferiblemente perros—, que vulneran los derechos colectivos permitiendo que sus mascotas ensucien con sus excrementos los espacios públicos, transportándolos en motos arriesgando su vida y la de los demás, y exhibiéndolos en sitios públicos sin los elementos a que obliga la ley, como bozales y traíllas, para razas potencialmente peligrosas.

Ojo con el fanatismo de algunas personas rotuladas como animalistas, que también con sus obsesionados comportamientos afectan la salud de sus mascotas. Un gato o un perro no necesita que le pongan un gorro de cumpleaños, ni le hagan comer un pastel después de cantarle el Happy Birthday, ni reclama un saco cuando la temperatura baja, ni está pidiendo que lo lleven en coche de esos que son para pasear bebés. Nada de eso es necesario, los animales solo necesitan buen trato y eso incluye velar por su salud y una adecuada alimentación.

Una buena parte de la población decidió no tener hijos y sí un perro, un gato, un ratón, una tortuga o un loro. Respetable. Pero quien decide involucrar en su vida, y por ahí derecho en la de los demás, la presencia cotidiana de un animal, está en la obligación de no alterar la convivencia, de respetar los espacios colectivos, de procurar un ambiente sano para la mascota sin que eso implique conductas inapropiadas.

Hay una línea muy delgada entre ese amor desmedido por los animales y esa obsesión por humanizarlos y un trastorno mental. Los hechos de violencia entre seres vivos son sinónimo de sociedades atrasadas o enfermas y, para poder aliviar este mal es necesario pararse en el punto exacto en el que se puedan exigir los derechos y cumplir los deberes. Ojalá la justicia operará siempre con prontitud para prevenir el maltrato animal, pero eso no se logra simplemente con tener miles de personas defendiendo los animales a gritos para no escuchar a quienes les reclaman por el cumplimiento de sus obligaciones.


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