Editorial / ENERO 25 DE 2022

Hace 23 años

Algo peor que el sismo del 99 es lo que ha venido sacudiendo las entrañas de esta ciudad. El terremoto dejó cicatrices, pero la corrupción, el narcotráfico y la pérdida de valores son heridas abiertas.  

Hace 23 años

Un día como hoy es inevitable poner la mirada en el retrovisor y recordar esa Armenia de antes del terremoto de 1999. Hoy, 23 años después del destructivo sismo, y como ocurre cada 25 de enero, circula un dejo de nostalgia individual y colectivo al pensar en esa entrañable y acogedora Armenia que la modernidad, más que el terremoto, fue sepultando. A esta capital, como a las del resto del país, la habitan problemas idénticos; aunque no en todas ellas se haya sentido la furia de una falla sísmica, están lidiando con complejidades que superan cualquier presupuesto oficial y capacidad de gestión de un gobernante. 

Comparar esa Armenia de antes del fatídico cuarto lunes de aquel enero, con la que hoy alberga tantas dificultades, tiene que provocar añoranzas. Claro, esa Armenia se caminaba con más seguridad, el orden público no se sacudía tan seguido como ahora, no había que lidiar con ese hoy insoportable caos vehicular, la invasión del espacio público no se había extendido a todos los andenes del centro, el desempleo estaba en el promedio nacional, la biodiversidad y el paisaje no estaban amenazados y las casas de bahareque estaban en pie. 

El terremoto provocó una nueva ciudad. Hoy los armenios y visitantes disponen de varias avenidas para transitar, las edificaciones son modernas, la ciudad creció en oferta inmobiliaria, comercial, hotelera, gastronómica, hospitalaria y de entretenimiento. Lo levantado posterremoto ofrece mayor tranquilidad porque está actualizado en normas de sismorresistencia. Hubo una explosión demográfica, fruto de esa buena fama que como vividero ha tenido la capital quindiana, y este departamento y su capital se posicionaron en los primeros lugares de preferencia de viajeros nacionales e internacionales. El territorio cambió y mucho, pero no todos los males son secuelas del terremoto. 

Más que la onda sísmica, que tumbó casas, pero no la pujanza, han sido los excesos del ser humano los que han provocado tanto caos en este territorio. La corrupción, el narcotráfico, la cultura del dinero fácil, la pérdida de valores y la desconfianza que las instituciones han provocado en la ciudadanía, se convirtieron en un mortal coctel de problemas que hoy tiene a Armenia, como a la mayoría de las grandes, intermedias y pequeñas ciudades del país, con muchos asuntos por atender y solucionar. 

Claro que quedaron cicatrices, un evento de la magnitud del ocurrido en enero del 99 marcó la vida de todos. Pero, más de dos décadas después de aquella infortunada tarde, se puede afirmar que el evento se superó y donde hubo heridas hoy hay cicatrices. En cambio, otros fenómenos posterremoto, provocan llagas y heridas para las que no hay sutura que alcance. Hay que dejar de ver el terremoto como un incubador de problemas, lo que hoy le quita el sueño a la mayoría de los quindianos no fue la pesadilla vivida hace 23 años.

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