Editorial / JULIO 22 DE 2021

Homicidas y suicidas al volante

Conducir con ira, agotamiento, ebriedad, distracción o afán lo convierte en un homicida o en un suicida al volante. 

Homicidas y suicidas al volante

La muerte de Julián Esteban, el niño ciclista de 13 años arrollado por un tractocamión en Zipaquirá, produjo una gran tristeza colectiva y un dolor que durará mucho tiempo. El menor de edad ya no podrá ir tras su gran sueño: ser tan bueno sobre la bicicleta como su coterráneo Egan Bernal. La vida solo le alcanzó para emocionarse con los triunfos del último ganador del Giro de Italia, llorar de emoción al ver como su ídolo se quedaba con la camiseta amarilla del Tour de Francia y pedalear con toda la fuerza por las carreteras de su localidad mientras, seguramente, se imaginaba que estaba coronando el Mont Ventoux. 

Lo único claro hasta ahora, según información oficial, es que habrá que desarrollar una minuciosa investigación para determinar las causas del siniestro vial y castigar, si es que así lo amerita el resultado de las pesquisas, a los responsables del luctuoso hecho. Ese es un trabajo que debe hacerse con justicia para todas las partes y que debe seguir su curso no en los medios, sino en los laboratorios, la calle, y los escritorios de los investigadores asignados. 

Lo que sí es prudente mantener abierto en las páginas de los periódicos, los minutos al aire de las emisoras y los canales de televisión y la red, es el debate que invite a la reflexión constante sobre el mal comportamiento de todos los actores viales y que está dejando cada día cientos de lesionados (muchos de gravedad), de muertos, de sueños abortados y de familias vestidas de negro. La intolerancia, el permanente afán, el egoísmo y el estrés, desplazaron la concentración y prudencia que cualquiera que esté en la vía debe tener. 

Los vehículos (carros, motos, bicicletas) son útiles, pero también, mal manejados, son armas mortales. En menos de dos segundos el conductor de un automotor e incluso de un medio de transporte impulsado de forma manual o eléctrica puede conducir o llevar a alguien a una cárcel, un hospital o un cementerio. Así de alta es la responsabilidad de quien conduce, pero no se entiende porque quien maneja hace de todo menos concentrarse en llegar sano y salvo a su destino y que los demás actores viales también lo puedan hacer. 

Se normalizó alternar un timón y una palanca de cambios con el teclado de un celular, recuperar en la vía los minutos perdidos en la casa o en la oficina y violar todo el código de tránsito. Los conductores poco caen en la cuenta de que quien va a pie, en bicicleta, en moto u otro carro, puede ser su familiar; muchos parecen sentir odio por esa otra persona con quien comparten la vía. Insultos, maniobras peligrosas y amagues de golpes con el vehículo, son el pan de cada día en carreteras y vías urbanas. 

El niño Julián Esteban quería regresar a casa porque todavía le faltaba mucho por aprender y practicar para igualar a Egan, pero no pudo, como tampoco regresaron las cinco mil cuatrocientos cincuenta y ocho personas que perdieron la vida, durante el 2020, en las vías del país. ¿Cuántos accidentes con desenlaces fatales se pudieron evitar con tan solo permitir un adelanto, disminuir un poco la velocidad, esperar treinta segundos para contestar una llamada o un mensaje de texto, no cruzarse un semáforo en rojo o amarillo, haber adelantado por la izquierda y en lugares permitidos, haber salido de casa cinco minutos antes o no haber conducido después de tomar licor? 

A quien conduce una bicicleta, una moto, un bus, un camión, un taxi, una patineta eléctrica, un carro, también lo esperan en su casa sus padres, pareja o hijos. Ninguna marca de vehículos, ningún estrato, ninguna edad, ningún color de piel, ninguna profesión u oficio genera inmunidad en la vía. Peatón o conductor son candidatos a la desgracia si en la vía sigue predominando el afán, la rabia o la desconcentración.

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