Opinión / NOVIEMBRE 12 DE 2021

¿A quién le duele el viejo caserón?

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Un veterano senador, quien calentó curul durante varias décadas, tanto que por poco no murió en ella, varias veces fue exaltado como el más destacado miembro del Congreso. Había trabajado, comido y dormido en su mullida silla, de la que apenas se apartaba para visitar los rediles electorales, donde era recibido con respeto casi reverencial por los “mayordomos” que administraban sus feudos políticos. Fue reconocido como un experto en hacienda pública, disciplina aprendida en la “rubia y pérfida Albión”, como se conoce a Inglaterra, tanto que todos los gobiernos que se sucedieron durante su periplo parlamentario acudían a su experticia para que “armara” cada año el presupuesto nacional. Hablaba correctamente inglés y era un ávido y desordenado lector. Ávido, por la abundancia y dispersión de los temas que engullía; y desordenado por el caos que reinaba en su apartamento de solterón inveterado, en el que había libros y documentos regados por todas partes. Por el poder político que tenía en las regiones donde “pastaba” su electorado, quitaba y ponía funcionarios, a conveniencia de sus intereses; y los gobernantes acataban sus designios con sumisión, porque el poderoso senador dominaba asambleas y concejos. Prefería que sus incondicionales estuvieran en cargos donde se manejaran cuantiosas nóminas y contratos y los más altos presupuestos. Sus apetencias eran Hacienda, Obras Públicas y Educación. Esta última porque los maestros son muchos y hay una veta jugosa de ingresos extraordinarios por nombramientos, traslados y ascensos, que los educadores, sumisos, pagan en efectivo o con votos. A tan ínclito “padre de la patria”, sin embargo, no lo seducía la cultura, porque, como manifestaba con el desparpajo que lo caracterizaba: “La cultura no da votos”. Esa expresión ha hecho carrera en la administración pública, a partir de haberse instalado el clientelismo en todos los niveles del poder, desde el más humilde caserío donde haya siquiera un inspector, una secretaria y un auxiliar, hasta el alto gobierno, los cuerpos colegiados y la justicia. Como cenicientas, pobres vergonzantes y modelos para la pantalla y las fotos, de modo que la burocracia oficial se luzca, están escritores, artistas plásticos, dramaturgos, historiadores y científicos. Los monumentos, declarados “patrimonio histórico y cultural”, se mantienen parados gracias a devotos custodios que los protegen, mientras que los que no tienen dolientes se tambalean y amenazan ruina.

Un caso dramático es el querido y viejo caserón ubicado en la avenida Santander de Manizales, cerca al parque Fundadores, donde hace años funcionó el Instituto Universitario de Caldas, con internado que albergaba a muchachos de provincia, y después fue sede de la escuela Juan XXIII. La imponencia y amplitud de ese edificio ameritan una restauración, para embellecer el entorno urbano y alojar a variadas instituciones culturales dispersas o carentes de sede. Lo que vale la restauración es mucho menos de lo que se escapa todos los días por las cañerías de la corrupción; o de lo que se invierte en obras politiqueras, como la plaza de toros que hizo para el populacho el senador aludido arriba, en un municipio de Caldas, con menos vocación taurina que la Santa Sede.  


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