Opinión / NOVIEMBRE 24 DE 2022

Actuar más y hablar menos

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La acción, la congruencia y el ejemplo son los insumos del cerebro para la supervivencia. De hecho, la mente está siempre lista para la gestión: es pragmática. Por eso las palabras, discursos, peroratas, cantaleta o regaños tienen poca repercusión en la mente del otro. Y si es que hay algún efecto, este será temporal, fugaz y de fácil olvido. Las estructuras del cerebro están configuradas especialmente para imitar, realizar o hacer lo que los otros demuestran o representan. La retórica es un refuerzo, una guía que recrea y acompaña el ejemplo.

Las alocuciones, la cháchara y consejos vacuos —además de irrelevantes— pueden resultar, incluso, contraproducentes cuando van acompañados de ese “tonito” que molesta y produce resistencia. Como adverso es también el mal ejemplo. De ahí la importancia de estudiar y comprender el mundo de la mente —el gran aporte de las neurociencias—, y cuánto más se comprenda, mejores resultados en su gestión. Esa es la razón por la cual, si se requiere moldear, transformar o cambiar una conducta, ese objetivo debe estar acompañado de la acción. Así está determinado por el cerebro. Porque la acción significa ir hacia un logro, hacia un propósito. Y la acción por sí misma trae su recompensa. Recompensa que da sentido a la supervivencia del individuo, pero que, como en todo, tiene un costo. 

Lo anterior está sustentado sobre uno de los grandes descubrimientos de la humanidad: las neuronas espejo en 1992 —equiparado con la secuenciación del genoma humano en 2003—. Después del hallazgo de las neuronas espejo, no ha cesado la profundización en su conocimiento, funcionamiento y distribución de ellas en el cerebro, como tampoco lo que significan en la comunicación, la estructuración y la expresión cultural de la sociedad. Ellas junto con la oxitocina (la hormona del apego) son las responsables de que se constituya una pareja, se conforme una familia y se garantice el cuidado parental. 

Así pues, la supervivencia está supeditada a la naturaleza orgánica y funcional del cerebro como sujeto gregario, altruista y social. Y para que esas características sean realidad, las neuronas espejo son las que llevan a cabo esa función. Pero esas categorías sociales implican la gestión de otra particularidad del cerebro: su egoísmo. Característica que lleva a la codicia, la ambición y el acaparamiento en los humanos. Por eso, el cerebro ha evolucionado hacia la cognición. Racionalidad que se suma al instinto y a las emociones para la gestión de la supervivencia. 

Gestión con fundamento en la acción de las neuronas espejo que garantiza la unidad social y comunitaria desde la diversidad y la inclusión, pues son ellas quienes hacen de la acción una prioridad para imitar. De esa manera, las neuronas espejo hacen que sea posible la congruencia entre el sentir, el pensar y el hacer con perspectiva de sostenibilidad como especie. Así, las neuronas espejo, en función de la cognición, serán las que pueden hacer del egoísmo, la codicia y la acumulación, los recursos con los cuales lograr los cambios actitudinales, ideológicos y de acción que reviertan la realidad sombría en que se encuentra el mundo. Pero hay que actuar más y hablar menos.   


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