Opinión / JUNIO 23 DE 2022

Aún no es tarde

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Durante un tiempo leí con entusiasmo los ensayos de William Ospina. En la universidad, la lectura de La decadencia de los dragones fue sin duda reveladora, pues me abrió un universo de obras y autores que despertaron mi curiosidad y afianzaron la sensibilidad lectora. Sus lecturas y análisis de poetas nacionales, y de otras tradiciones, me llevaron a darle mayor cabida a la poesía en mis itinerarios lectores, permitiéndome apreciar mejor los versos de poetas queridos como León de Greiff, Aurelio Arturo y José Manuel Arango.

También fui asiduo lector de la revista Número, una de las últimas publicaciones culturales valiosas impulsada por Ospina junto a otros periodistas y escritores. De su narrativa recuerdo haber leído y disfrutado en su momento El país de la canela. Después tuve la oportunidad de conocerlo en persona. Siempre me admiró la moderación, generosidad y sabiduría de su conversación. 

Ahora trato de ubicar el momento en que le perdí el rastro a su obra y dejé de leer incluso sus columnas dominicales en El Espectador. Caigo en cuenta que no fue a partir de su desafortunada defensa de Óscar Iván Zuluaga en las pasadas contiendas electorales, sino desde antes. Creo que el desencanto sobrevino cuando a fuerza de inflar sus columnas de opinión empezó a publicar libros coyunturales cuyo único fin era mantenerlo vigente y con “novedades” para cada Feria del Libro, movida absolutamente válida para el desaforado apetito comercial de las editoriales, pero decepcionante para sus lectores.

El asunto de sus inclinaciones políticas por supuesto ha agudizado la decepción, pues, aunque cada quien tiene derecho a plantarse en la orilla ideológica que le parezca, de alguien que ha sobresalido como pensador, humanista y hombre sensible a la belleza de la naturaleza y el lenguaje no se espera que se obstine en la defensa del proyecto del continuismo y la criminalidad uribista, y menos reencauchado en un personaje tan grotesco e ignorante como Rodolfo Hernández. Quienes hemos leído y admirado a Ospina seguimos preguntándonos en qué momento, y por qué, se le enturbió la razón. Tal vez nunca lo sepamos. 

El pasado domingo se abrió una puerta de esperanza para emprender un nuevo proyecto de país. No será fácil, claro, pues los perdedores se instalarán en una oposición férrea y hostil, haciendo uso de toda la capacidad para desestabilizar, manipular y burlarse del país que han demostrado en las últimas décadas. A la propuesta de amor, respeto y fraternidad del Pacto Histórico ganador, los uribistas purasangre le opondrán el odio y la mezquindad que son propios de su accionar. 

William Ospina, como cualquier ciudadano, tiene derecho a equivocarse y enmendar sus desaciertos. Aunque no lo he vuelto a leer, reconozco en los ensayos de su mejor época a un hombre de una gran capacidad reflexiva, un hombre que ha sabido leer y poetizar a Colombia. No digo que ojalá se pasara del lado del Pacto, pero sí que no se siga desdibujando. Sus ideas y sensibilidad reorientadas pueden ser bienvenidas en el nuevo camino. 


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