Opinión / ENERO 14 DE 2022

Cómo cambia la vida

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Los cambios en las costumbres, los sistemas, la tecnología, la ciencia, la educación, la producción, las creencias religiosas, las leyes, la administración pública y todo lo que tiene que ver con la forma de vivir el hombre, su desarrollo y su futuro, tienden a acelerarse para que los ciclos de cambio sean cada vez más cortos. Lo que antes innovaba en el espacio de 100 años se redujo a 50, cuando los viejos actuales eran niños; después a 25, siendo los mismos jóvenes adultos; y así sucesivamente, hasta que ahora los cambios en las costumbres, los sistemas y la tecnología pueden darse “mientras se persigna un cura ñato”, como exageran los guasones. Llama la atención, sin embargo, que cualquiera de los asuntos mencionados arriba esté ligado indefectiblemente al dinero; y la evolución se orienta hacia el mayor o menor costo de las cosas y de los procesos, para estimular el consumismo e incrementar la producción de corta vida útil, que dinamiza el mercadeo en tiempos de globalización, cuando las fronteras comerciales tienden a desaparecer. En ese movimiento febril, sorprendente, están atentos los especuladores, para sacar provecho económico de cualquier cosa que pase en el mundo donde circule el dinero, para bien o para mal. Para el hombre de negocios el lema es: “donde haya plata, ahí estamos”, con un olfato especial para sacar provecho de las circunstancias, muchas de las cuales pueden ser calamitosas, o por lo menos adversas, para los demás.

Sorprende, sí, en los escenarios de cambios que afectan a la humanidad, muchos de ellos causados por tragedias, calamidades públicas, revoluciones sociales o políticas, guerras y epidemias, que prevalezca la capacidad de reacción de las comunidades para superarse, cambiar de rumbo en las costumbres, generar nuevos recursos de producción y adaptarse a las circunstancias, que pueden incluir cambios trascendentales, como el hábitat, el idioma, el clima, el trabajo y tantas otras cosas que demuestran que “el mundo es cosa vana, variable y ondeante” y el hombre un muñeco de plastilina que puede moldearse a conveniencia.

Sin embargo, en un proceso decadente del liderazgo político, con muy pocas excepciones en el panorama mundial, las naciones, representadas en sus pobladores, desde las pequeñas comunidades, los modelos productivos, los niveles culturales y educacionales, los recursos naturales y la ubicación geográfica, sobreviven, aunque en condiciones precarias, porque la codicia y la corrupción sacan para ellas lo mejor, sin que los gobiernos sean capaces de controlar los abusos, porque quienes los representan están en sus puestos financiados por el poderosos “don dinero”, al que le tienen que rendir cuentas.

Todo lo dicho demuestra que “todo cambia, todo se transforma”, menos la premisa de que “el hombre es un lobo para el hombre”; o, dicho coloquialmente, “el que tiene más saliva traga más hojaldre”. 


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