Opinión / NOVIEMBRE 24 DE 2022

Con el agua al cuello

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Si, en Las mil y una noches, hay un río mágico que corre toda la semana, pero descansa los sábados, en el Quindío no nos quedamos atrás, aquí hay ríos caprichosos e inestables, que en ocasiones, como ahora, se transforman en torrentes atronadores y salvajes, que arrasan con todo lo que encuentran a su paso; los mismos que en los veranos, su hora de descanso, se convierten apenas en irreconocibles hilos de agua que se pueden atravesar saltando por sus lechos de piedras, cuando parece que se empozaran sus aguas al borde del letargo.

Hace algunos años, asistí por coincidencia a otro acto mágico, casi de prestidigitación, el cambio de color de un río. De un momento a otro ese claro afluente se fue oscureciendo hasta quedar en minutos teñido de un azul petróleo, acompañado, eso sí, de un olor nauseabundo a químicos viscosos vertidos por una industria de curtiembres que no entendía de respeto al medio ambiente. 

La deforestación, de un lado y la falta de conciencia por el otro, generan, a menudo, escenas que parecen sacadas de libros de milagros y prodigios, que nos dejarían asombrados si no fuera porque son el lamentable resultado de los daños que el Cambio Climático causan a este departamento verde de Colombia. 

Tal vez olvidamos que este territorio de magia es vegetación, samanes y ceibas, guayacanes y cámbulos, pero también de agua, muchas que corren por los ríos, que caen de las nubes, que retiene la vegetación, que generan los páramos que humedecen la atmosfera y que hace del Quindío una región para habitantes anfibios. 

No es la primera vez que tenemos inundaciones, crecientes súbitas, torrentes o deslizamientos, no es la primera vez que tenemos el agua al cuello, casi que, en calamidad pública, es que hemos trenzado una pelea insensata con el agua, especialmente con los ríos considerándolos enemigos. Hemos ocupado sus franjas anegables, hemos invadido las superficies aledañas por donde antes corrían por esas zonas inundables, dentro de un sistema integrado en una cuenca que tiene dinámicas complejas. En lugar de alejar los pueblos o los asentamientos se nos ocurrió separar esas corrientes de agua de sus superficies inundables. Cuando los ríos superan esos obstáculos artificiales, recuperan su espacio y ya no hay nada que los detenga. Pelea perdida de antemano. 

Todo lo que hemos hecho en las últimas décadas ha sido contra la naturaleza, la deforestación, por ejemplo. La solución tiene que ver con trabajar con la misma naturaleza y con soluciones basadas en sus recursos. 

Los resultados de considerar el agua como un enemigo son evidentes en el Quindío: 2000 personas afectadas, 300 viviendas impactadas o destruidas, 7 muertos y 113 lesionados, vías y puentes afectados o destruidos. 

Dice Brigitte Baptiste, en su libro Colombia anfibia: “gobernar el agua es una pretensión ilusa; es ella la que nos gobierna”, como pasa con los ríos de las fábulas. 


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