Opinión / NOVIEMBRE 26 DE 2021

Concentrar la riqueza y caos

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Se necesita vivir muchos años sin perder la memoria; y tener contacto permanente con la realidad, además de abundante información histórica racionalmente asimilada, para adentrarse en los laberintos de la política actual, de Colombia y Latinoamérica, inclusive de los Estados Unidos, y entender los fenómenos que se están presentando en la democracia, cada vez más degradada. Un factor es relevante: el pueblo, que se supone mejor informado y más lúcido, por las noticias y análisis que le llegan a través de los medios, agresivos y prolijos, se ha convertido en un instrumento de mercadeo electorero, sin ninguna convicción ideológica. Los asuntos trascendentales, para garantizar un futuro próspero y consistente de las sociedades, se manejan en los laberintos de la ciencia, la academia y la tecnología, y el sector empresarial, este último concentrado en poderosos conglomerados financieros, amenazados por ofertas agresivas de multinacionales, a las que sólo les importa invertir los recursos monetarios de los que disponen en abundancia. La sociedad anónima dejó de ser un instrumento colectivo para asociar ahorros grandes, medianos y pequeños, y financiar proyectos empresariales generadores de empleos, transformadores de materias primas en manufacturas, productores de bienes y alimentadores fiscales, para concentrarse en reducidos grupos, por lo general familiares, que con una cabeza visible y el relleno de adláteres que completen el requisito legal de un mínimo de socios, concentran la riqueza y acceden a beneficios tributarios. En un proceso que puede considerarse económica y socialmente perverso, a mediados del siglo XX el ingenio de aviesos líderes empresariales recogió las acciones que poseían viudas, pensionados y otros pequeños capitalistas en industrias, bancos, aerolínea y similares, para cambiárselas por certificados de depósito, supuestamente de mejor rendimiento, que el cáncer de la inflación consumió, además del derrumbe de los castillos ilusorios llamados “grupos financieros”, en los que se perdieron pequeños capitales, convertidos en papeles sin valor. Los gobiernos de la época intervinieron con soluciones fiscales para salvar parte de las pérdidas con recursos de los contribuyentes, es decir, socializándolas. Unos pocos culpables fueron judicializados con penas mínimas, otros se escurrieron a tiempo y salieron del país hacia lugares donde tenían los capitales que sacaron oportunamente y los demás lograron revertir los procesos, bien asesorados por ex altos funcionarios oficiales, expertos en hacer lobby. Después, para cambiar los  actores,  pero seguir la jugada, aparecieron los carteles del contrabando y el narcotráfico, a financiar la política a cambio de usufructuar la contratación e imponer las nóminas oficiales, y se volvió endémica la corrupción.  

¿Hacia dónde va la democracia, si los electores escogen gobernantes y legisladores que solo buscan acumular poder y riqueza? ¿Y si los aspirantes a cargos de elección se financian hipotecando su gestión;  y los buenos (que los hay, los hay) no se ponen de acuerdo?


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