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Opinión / ABRIL 03 DE 2024

Correr

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Eran las siete y treinta de la noche de un día asfixiante. El palpitar del pecho era notorio y las manos desprendían un frío invernal. La insoportable sensación de agotamiento no reducía en nada a la ya devastadora ansiedad. Muestra de ello se reflejaba en la pierna derecha y su movimiento involuntario.

En la sala amplia, de unos siete metros, caminaba de un lado al otro, haciendo figuras inconexas. La mirada estaba clavada en el piso y la mano pasaba una y otra vez por su cabello, cual rastrillo luego de una poda. Habían muchos movimientos, sí, pero eran más los obstáculos en la mente. Nada era claro, todo parecía ausente, incluso las luces amarillas de los faros que iluminan la calle tenían un cierto desprendimiento de su resplandor. 

Inhaló y exhaló, tal como lo había escuchado en el podcast de meditación y contó hasta diez, así como se lo sugirió la terapeuta. No funcionó ninguna de las dos tácticas para reducir este sentir que le atrapó por no gestionar a tiempo las ‘pequeñas’ cosas que le incomodaban. No fue lo suficientemente rápido con esto y ahora lo estaba pagando.

Prefirió entonces irse en silencio para su habitación. No quería conversar con nadie y mucho menos dejarse ver con aquella mirada fundida en la melancolía. Llegó al cuarto y volvió a respirar con profundidad, como si estuviera haciendo apnea en el agua. Botó el aire y, mientras lo hacía, vio en el fondo del armario los tenis que utilizaba para correr. Decidió cambiarse la ropa por completo y salir a hacerlo cuanto antes. 

Pese a que la desesperanza estaba poniendo todo en entre dicho, fue extremadamente rápido y salió a la avenida principal para iniciar una ruta que le llevara a la calma. Los pasos iniciales se tornaron pesados, más que los pensamientos que le rondaban en ese momento. No había levedad en las pisadas ni flexibilidad en el batir de los brazos. Incluso, las pulsaciones estaban algo alteradas. 

Fue inevitable pensar en Murakami en los primeros metros. Ya había leído a aquel autor contar lo que pensaba mientras corría. “¿Qué hay que pensar mientras corro?”, se preguntó. “Nada”, se respondió mientras saltaba un enorme charco. Decidió no pensar en nada. Optó por hacerse consciente de la energía que poco a poco iba gastando su cuerpo para hacer este esfuerzo. 

Pasados los primeros dos kilómetros su respiración cambió por completo. Se percató que estaba más agitado mientras le daba vueltas al comedor que ahora que corría sin un destino en particular. Le causó placer escuchar su propia respiración. Imaginó cómo era la forma del oxígeno en la medida que ingresaba a los pulmones. No veía las gotas de sudor, pero sentía cada milímetro de su recorrido antes de chocar contra el suelo o la tela de su camiseta mojada. Siguió corriendo y encontró sosiego. Supo que hacerlo era concentrarse en el ahora y ese fue el mejor remedio.


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