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Opinión / MAYO 22 DE 2024

Corrupción de marca

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Como ocurre con todos los mitos, la realidad validable, poco tiene que ver con la fantasiosa imaginación e intención de quienes los construyen. Se difunde con relativo éxito una elaborada especie: la cándida “inocencia”, el desconocimiento, el todo fue a mis espaldas, de Gustavo Petro, respecto a la intrincada trama de corrupción de la cual apenas se conoce un ápice, una mínima punta emergente del gran témpano. Orondo, haciendo gala del cinismo propio de las cabezas en regímenes zurdos, en alocución televisiva, tras las revelaciones de ex directivos de la UNGRD, recuerda y de paso reitera, que la lucha contra la corrupción ha sido su bandera electoral propia y excluyente; por lo tanto, como si tan frágil razón bastara para autoexculparse, afirma ser por completo ajeno a la danza clandestina de millones en efectivo -hoy día expresada en cifras de diez dígitos-, dirigidos a la compra de votos en el Congreso a favor de sus reformas y proyectos de Ley. Qué pena; pero la ruta del maldito cash, presente siempre en sus andanzas, justamente, lo involucra, señor presidente; sin lugar a dudas lo compromete. No obstante, por arte de su bien surtida verborrea culebrera, lo ocurrido en la citada dependencia, es apenas, a sus ojos, un deleznable episodio de corrupción estructural, enquistada allí desde tiempos inmemoriales. Su único y confeso pecado: haber nombrado a Olmedo López, antiguo comilitante de sus causas políticas, para dirigirla. Nada más lo liga al feo asunto. Pare de contar. Y el petrismo acérrimo clama a una voz la inocencia presidencial, aplicando blanqueador a las banderas del cambio, obviando sin rubor las líneas éticas Guanumen, corridas desde la campaña. 

Veamos. ¿Quién o quiénes son los directos beneficiados, primero con las coimas en billetes; luego, con la compra de conciencias que estas conllevan? Claro, los primeros serán los parlamentarios corruptos, receptores de los fajos; sí, pero el favorecido de fondo es el jefe máximo de un gobierno que se juega éxitos, logros y prestigio con la aprobación o entierro de sus proyectos bandera en el Congreso. De modo que, a otros canes con esos huesos: el interesado de fondo en este tejido delincuencial es el presidente y su círculo de compinches. Y a todas estas, ¿comprende la ciudadanía, el electorado, por qué les desvelan tanto la salud, las pensiones, el ahorro de los trabajadores, al gobierno y a sus amigotes? ¿Será porque bajo convicciones altruistas, humanitarias, buscan asegurar el bienestar actual y el futuro de los débiles, de los asalariados? ¡NO! con mayúsculas.

Se trata de controlar a como dé lugar las cajas del Estado, todo cuanto genere dinero de fácil acceso desde el poder presidencial o sus delegados. Reforma tributaria 2022, Ecopetrol, fondos de pensiones, de cesantías, entre otras fuentes de cash, son objetivo prioritario, son naves que el corsario de la cachucha debe copar antes de las próximas elecciones. Sin esos dineros, sin su control y manipulación, le resultaría imposible pretender quedarse o dejar un sucesor títere en la Casa de Nariño.

Quien hoy se presenta como adalid de la anticorrupción, desde su rebelde, subversiva y armada preadolescencia, ha vivido, en ocasiones de manera lícita, en otras, mediante prácticas delictivas, de fondos públicos y privados, que desde luego no incluyen fuentes comunes, corrientes, obligatorias para todo individuo no premiado con fortunas de cuna. 

¿Cómo ha formado su patrimonio, a estas alturas, nada modesto, aún sin conocerse datos de paraísos fiscales, nuestro presidente? Es y continuará siendo un misterio jamás desvelado por investigadores judiciales ni periodísticos. 

Deleznable, nuestra memoria colectiva. Si funcionara en correcta forma, tendríamos que recordar cómo fue el desempeño de Gustavo Petro en la alcaldía del Distrito Capital. “Lo que Petro niega sobre la corrupción de la Bogotá humana”, es un libro-denuncia sobre el tema, escrito por Felipe Rodríguez y Nicolas Gómez, dos investigadores académicos que con admirable minucia se encargaron de diseccionar y analizar el fenómeno que hoy se replica a escala nacional: la corrupción marca Petro. Ningún paradigma de transparencia, de acrisolada honestidad, puede reclamar como título, el actual inquilino de la casa presidencial. Por el contrario; ¡qué miedo!


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