Opinión / NOVIEMBRE 21 DE 2020

Cuando Foucault lloró…

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…Sus lágrimas, irrefrenables, fueron provocadas no solo por el infrecuente estado de conciencia al cual lo impelió la dosis de LSD, que le facilitaron Simeon Wade y Michael Stoneman, homosexual pareja iniciadora del pensador francés en tal experiencia. Pasó con ellos diez horas de sicotrópico arrobamiento en los gélidos arenales de Zabriskie Point. También contribuyó, al celeste peregrinaje interior del filósofo, la música de la soprano alemana Elizabeth Schwartzkopf, interpretando desde los altavoces por allí instalados, las Cuatro últimas canciones, de Richard Strauss, compuestas por este a sus 84 años de edad. Dos días y una noche, deambularon los tres hombres por aquellos yermos parajes del Valle de la muerte, convirtiendo en sagrarios de la alucinógena ceremonia las grutas donde descansaban. “La mejor experiencia de mi vida”, admitió Michel Foucault, tal vez sobrecogido por la desconocida naturaleza del llanto que le sobrevino. Y agregó luego: “Esta noche he conseguido una nueva perspectiva sobre mí mismo. Ahora comprendo mi sexualidad”. Si todo saber involucra poder, de acuerdo con sus ideas, entonces la soberanía del LSD sobre su organismo y su conciencia provocó otros saberes que no le habrían ocurrido si el filósofo se hubiera negado a pasar por dicha prueba. Bajo el efecto de tales sustancias sicoactivas, la racionalidad cede sus lugares en la mente y el cerebro humanos, abriendo desconocidos y sensibles espacios para las emociones, los sentidos y el lenguaje. “Paisajes mentales más allá del control de la razón”. Foucault lloró, rememora Wade en su significativo libro Foucault en California, donde narra detalles de tal suceso. En el libro Veinte años y después, Michel confesó a Thierry Voeltzel, su joven amante de 20 años —Foucault tenía 50— con quien dialogó sobre ese y otros temas: “He tenido pocas experiencias con LSD, pero han sido con productos de muy buena calidad y en las mejores condiciones con gente muy experimentada”. Foucault vertió lágrimas diferentes a las de Heráclito o Nietzsche. Lágrimas vertidas luego de los ojos contemplar otras dimensiones del mundo. Inexplorados horizontes de la muerte. De la vida. Del sexo. De la filosofía, más allá de raciocinios metafísicos habituales. Esas lágrimas, ¿contendrían iguales estremecimientos, si no las vierte estimulado por el LSD? Aunque, como producto del sicotrópico viaje, reelaboró su historia de la sexualidad, no maduró su plan de escribir una historia de las drogas como cultura. Las lágrimas, abarcan argumentos de los cuales carecen las teorías de los filósofos. Indican vías de conocimiento que limitan con poderes reveladores no solo del LSD, sino de otras sustancias para percibir la fugaz eternidad. Si Maurice Mikkers, experto en fotografiar lágrimas mostrando sus deslumbrantes geometrías microscópicas, hubiese fotografiado alguna de las derramadas por Foucault en Zabriskie Point, tendríamos una estética foucaultiana insólita. 


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