Opinión / OCTUBRE 01 DE 2022

Cuchuco para tangara azul

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No por las aves, sino por mi madre, resolví no ponerles más cuchuco a estas en el patio de mi hogar. Y también por mí. Llegan muchas durante el día. Vistoso espectáculo porque todas están familiarizadas con ella, quien se sienta en un extremo del patio a observarlas y sonreírles. A veces balbucea algo. Las reparo y escucho desde la ventana de mi alcoba. Les ponemos banano, plátano maduro y alpiste. He contado cerca de veinte variedades. Fastuoso espectáculo diario de color, danza y sinfonías que por la salud mental de mi madre no debe prolongarse. Los alucinantes coloquios de estas políglotas aves tarareando por el patio, trajinando y dialogando entre ellas, no pueden predominar sobre la salud de mi madre. Al principio supuse que era algo transitorio. Una poética forma suya de fantasear. Pero han transcurrido cinco meses y el asunto se agrava. Al comienzo participé de sus delirios. Al acentuarse el suceso, decidí no ponerles más cuchuco a las aves: mi madre conversa con ellas. Al principio, como expresé atrás, solo las miraba y sonreía. Ahora dialoga todo el tiempo con ellas en idiomas que no entiendo. Es mi mayor ansiedad: no comprender esas lenguas que ella sí conoce. Cuando me dijo que le hablaban en chino, árabe, bengalí, ruso, japonés, coreano, vietnamita, turco, checo, croata, danés, esloveno, lituano, neerlandés, rumano y sueco, sonreí. Nada dije, afligido porque mi madre, igual que yo, solo sabe español. Y ahora estos 16 idiomas los entiende como si fuesen su lengua materna. Tomo apuntes frecuentes de cuanto en el patio unas y otras platican, gracias a minuciosas indicaciones de mi madre. “Regístrelo, hijo, el escritor es usted, yo solo traduzco cuanto dicen”. Estas aves conocen del mundo y la historia, más de lo que conjeturemos quienes no traducimos su lenguaje al nuestro. ¿Mi madre?, entusiasmada. ¿Yo?, impaciente cada vez más. Completé 22 cuadernos de cien hojas con trozos en español de tales parlamentos. Ella traduce y yo transcribo. ¡Aquí están, de mi puño y letra para quien desee leerlos! Madre no se fatiga. Las aves le tienen total confianza. Mírenlas, posadas sobre sus piernas, sus brazos y su cabeza. Una sola vez intenté acercarme y levantaron vuelo sobresaltadas. Por eso decidí no ponerles cuchuco. Un kilo diario les compro. Y aunque los temas que tratan con mi madre también me conciernen, siempre me excluyen. “¡No más, no soy secretario de ellas ni amanuense tuyo, madre!”, vociferé una noche. “Hijo, la tangara azul que vino ayer, prometió revelarme un mantra de Anandamayi para ti”. Creo que aumentaré las porciones de cuchuco y alpiste. Y compraré dos cuadernos más. ¡Madre y yo estamos bien, muy bien! Ya compré un diccionario árabe-español.


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