Opinión / MAYO 14 DE 2021

De consultas y soluciones

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Lugares comunes son recurrentes para identificar problemas sociales y políticos, y buscarles solución. Uno de ellos son las fórmulas “consensuadas”, que consisten en recoger opiniones de diversos sectores vinculados al asunto en cuestión, de modo que todos queden contentos o que los aprueben, cuando tienen poder decisorio, como es el caso de los órganos legislativos, detrás de los cuales están los grupos políticos. De esa manera, el funcionario responsable se escuda para encontrar a quién culpar, si el resultado es adverso. Una propuesta maquiavélica sugiere al ejecutivo que, cuando deba decidir sobre algo, nombre una comisión asesora que estudie y resuelva el caso. Así, si las cosas salen bien, reclama el éxito por haber nombrado la comisión; o, de lo contrario, le echa a ella la culpa del fracaso. Con cara gano yo y con sello pierde usted. Gobernantes o administradores ejecutivos que así actúan son tipos pusilánimes, que se sostienen en la cuerda floja de las nóminas, principio y fin de sus aspiraciones.

En la administración pública es indispensable auscultar la opinión de los diferentes sectores de la comunidad, para obrar de forma consensuada. El ejecutivo consulta, expide normas y hace que se cumplan; o sanciona a los infractores. Para eso cuenta con ministros y secretarios de despacho, especializados en temas puntuales, que se encargan de la operatividad. A estos funcionarios les corresponde dialogar con los sectores correspondientes (trabajadores, transportadores, banqueros, industriales, etcétera), por separado, para documentar las acciones finales. Hacer una gran reunión con todos los representantes de los gremios para estudiar un caso específico, solo sirve para hacer demagogia y dar pantalla a los protagonistas (salir en la foto).

La situación social y económica, de Colombia y de prácticamente todos los países latinoamericanos, actualmente es grave. Lo peor es que por la región se mueve una corriente populista de izquierda que puede ser devastadora si prospera; y un caudillismo megalómano de derecha igualmente depredador. Ambos han ascendido por efectos de lo que un pensador austrohúngaro llamó “dictadura de las mayorías”, que se obtienen con dádivas, aprovechando la ignorancia y la pobreza de las comunidades. Mientras tanto, el liberalismo ilustrado y humanista pierde terreno, ante la mirada impotente de empresarios, académicos e intelectuales. Oír al sector productivo: industrial, comercial y agropecuario, que genera soluciones oportunas, es más útil que dialogar con políticos, a quienes hay que “engrasar” para que funcionen, como a los engranajes de las máquinas; y con dirigentes revoltosos que engordan en el caos. 

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