Opinión / ENERO 13 DE 2021

De oruga a mariposa

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Cuenta la leyenda que una oruga caminaba con dificultad por una pendiente con el deseo de alcanzar la cima de la montaña; en el trayecto se encontró un saltamontes quien le dijo que ese propósito era una locura, un simple charco sería para ella un océano. Es mejor que te quedes con tus amigos en lugar de perseguir sueños absurdos, le decía, pero la oruga siguió su camino lentamente. Al caer la tarde, muy cansada y a punto de desfallecer, decidió construir un lugar donde descansar y murió; vinieron a visitarla todos los animales del bosque, su tumba era el monumento al animal más loco del mundo que quiso realizar un sueño imposible.

Una mañana de sol radiante, los amigos de la oruga regresaron a la tumba, aquella misma que se había convertido en un monumento a los atrevidos; cuál sería su asombro cuando vieron que aquella concha empezó a partirse y fueron emergiendo de ella lentamente unos ojos y una enorme antena que claramente no debían pertenecer a la oruga. Sin darles tiempo de reponerse del asombro, fueron apareciendo lentamente unas hermosas alas que saludaron un nuevo día, una mariposa emergió de aquel caparazón y voló en busca de hacer realidad su sueño más preciado, alcanzar la cima de la montaña.

Un diminuto virus convertido en pandemia nos ha acorralo en la intimidad de nuestros hogares confinados por el miedo, nuestra casa se convirtió en el único sitio seguro obligándonos a regresar a los diálogos perdidos, los juegos en desuso, y las oraciones olvidadas; a vivir en condiciones de austeridad, maximizar los recursos, ahorrar, darle valor al calor familiar enfriado por la apatía, y a reconocer que la libertad no tiene precio, que los atardeceres eran bellos y que la familia unidad así sea por el pánico es lo más importante que podemos tener.

Cada vida que este virus se ha robado constituye una pérdida irreparable, pero necesitábamos que algo así nos sucediera para entender lo efímero de la vida; cómo las condiciones más optimas pueden cambiarnos en un abrir y cerrar de ojos y que no es el dinero, los apellidos, las posiciones materiales o los títulos lo que nos hace superiores, sino la capacidad de servicio. Ojalá en el futuro seamos más exquisitos en el uso del tiempo, de los recursos y aprendamos a vivir cada día como si fuera nuestra última oportunidad de contemplar un amanecer, de sonreír, de abrazar, de soñar, de hacer el bien.

Llegó el momento para hacer todo lo que nuestra pereza disfrazada de falta de tiempo nos impedía hacer, arreglar el closet, leer un libro, iniciar un programa de entrenamiento, hablar con la familia, orar, escribir, reencontrarnos con nosotros mismos y reorientar nuestra vida.
 


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