Opinión / NOVIEMBRE 26 DE 2020

Del gesto al emoticón

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El perro y el frasco, es el título de un poema en prosa de Charles Baudelaire: donde el protagonista llama a su mascota para que huela uno de los perfumes más finos y costosos producidos en París. El perro ante el extraño olor artificial se retira con gestos de rechazo. Entonces, a manera de reconvención, el amo le dice: “-¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia”.

Esta irónica anécdota puede tener una explicación bizarra; para ello, remitámonos a la reflexión que propone  William Stokoe en su libro El lenguaje en las manos —2004—, con el que se dispone demostrar que este lenguaje con señas utilizado por sordomudos es una lengua más entre las que se reconocen en el ámbito humano.

Solo que el impedimento de estas personas discapacitadas para acceder a cualquier lengua hablada reconocida produjo el retorno a formas primitivas de la comunicación como es la utilización codificada de señas con las manos. Queriendo significar, Stokoe, que los gestos corporales están en la base del nacimiento de las lenguas articuladas. 

Y a medida que profundiza en su investigación, va dejando aflorar que  la relación con el mundo físico y social del humano está fuertemente atada al cuerpo, es la experiencia del reconocimiento de lo interior y lo exterior mediado por sus canales de comunicación, que son los sentidos.

Se sabe que las hordas de chimpancés, los más cercanos a los homínidos, también utilizan los sentidos como canales de expresión: vista, olfato, tacto, audición, gusto; pero, debido al crecimiento poblacional se propició la necesidad de medios de comunicación rápidos e idóneos surgiendo entre los cuadrúmanos un lenguaje gestual.

Por otra parte, en los homínidos, se desarrolló además la capacidad de producir sonidos; y debido a su complejidad social, llegó a las lenguas habladas y más tarde escritas; actualmente el desarrollo tecnológico y con ello los artefactos de transmisión, los condujo a la comunicación virtual.

De este modo, la conexión con los sentidos a través de los gestos y del habla  que acompañan la experiencia humana, son  reemplazados por onomatopeyas  con el uso del teléfono, por emoticones cuando se escribe sobre pantallas. Dinámicas  que han ido eliminando la experiencia vital del contacto humano.

Entonces, tal vez, como al perro parisino, los engreídos tecnólogos perfumados tilden a los humanos desconectados de primitivas ‘analfabestias’ tecnológicas.


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