Opinión / MARZO 04 DE 2022

Difícil y maluco, pero...

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Tomar decisiones para participar en las próximas elecciones parlamentarias no solamente es difícil, sino maluco. Pero hay que cumplir con el deber de tomar partido y elegir a conciencia, porque está de por medio la supervivencia de la democracia colombiana, amenazada por múltiples factores, cuál de todos más preocupante. Para las presidenciales más o menos pasa lo mismo, pero primero lo primero.

La profusión de candidatos a ocupar las curules del Congreso Nacional (Senado y Cámara), que representan a las regiones del país, y, consecuentemente, a todos los colombianos, motivan reflexiones, porque lo más seguro es que de esos aspirantes a ser “padres de la patria”, oficiando desde el “templo de la democracia”, que es el Capitolio Nacional, muy pocos tengan sincera vocación de servicio, para trabajar en pro de la superación de las carencias que padecen sus compatriotas; y posean, además, las condiciones intelectuales y morales para lograrlo, y conozcan puntualmente la región a la que van a orientan su gestión legislativa. Lo que se ve, sin mayor escrutinio, es una rebatiña entre aspirantes con objetivos mezquinos, patrocinados por oscuros intereses. Algunos, por ejemplo, que alcanzaron una modesta pensión trabajando en el sector público, aspiran a que, después de prestarle un “abnegado” servicio a la patria desde el Congreso durante cuatro años de locha, puedan solicitar el reajuste de la mesada, para alcanzar los privilegios de los “elegidos”, que se quedan con la tajada grande de los recursos presupuestales asignados al fondo pensional. Otros, que lograron alguna notoriedad en el deporte, los escenarios artísticos o el periodismo, creen tener suficientes seguidores que los respalden en las urnas, para ganar una curul parlamentaria, y desde ella trabajar por el deporte, el arte y la libertad de prensa, entre sus románticas como altruistas motivaciones. Esos ilusos no saben a lo que van a tener que enfrentarse, en una actividad en la que el canibalismo está al orden del día. A tal propósito (el de ser congresistas) se gastan en publicidad, viajes y otros los ahorros que ganaron con sudor y aplausos, para que después solo les quede el consuelo de ser excandidatos, la cuenta bancaria anémica y la vivienda familiar empeñada. Otros, son fichas del ajedrez de la corrupción, la plutocracia y las castas políticas regionales, que deben mover la cabeza para donde soplen los gamonales; contribuir con parte de sus ingresos a organizaciones políticas; y, como los peones del juego ciencia, estar en primera línea arriesgando el pellejo para proteger al “rey”.

Pero, aunque sea a disgusto, se debe participar en las elecciones, para procurar que el legislativo quede, hasta donde sea posible, en buenas manos, con senadores y representantes sabios, idóneos, experimentados en la actividad pública, honestos, independientes y sin compromisos con mafiosos, contratistas y traficantes de votos. Otros aspirantes, inexpertos pero “buenos muchachos”, que pueden ser una opción para el cambio que tanto se necesita, merecen apoyo y buenos deseos, porque el camino que van a emprender es azaroso.


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