Opinión / MARZO 05 DE 2021

El amor en tiempos de pandemia

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La pandemia da lecciones. Nada es eterno, ni inmutable y menos indeclinable en el mundo real. Ya lo sabíamos, pero poco lo entendíamos hasta que entró la peste a las casas. La mercantilización de la existencia, grata y hasta placentera, es solo un espejismo, difuminado, en la carretera. Solo queda el sentido de la amistad y su más alta expresión: el amor. 


Pero insistimos en no verlo, a pesar de que es un letrero sin neón en la conciencia. En el siglo diecinueve, Stendhal, en su última novela, La educación sentimental, representó la idealización del amor de un joven por una mujer mayor y casada. Frederick se enamora sin tregua de Marie Arnoux, y nunca vuelve concreta su pasión: es como la ficción de una novela o como ahora, una aplicación de internet, un lugar de citas, donde un hombre o una mujer cree encontrar en la pantalla a su pareja. 


Desde el siglo veinte, empezamos a desacralizar la búsqueda del amor. Caímos en el abismo de la banalidad. A las mujeres, como herencia de una cultura del romanticismo útil, se le enseñó en las pasadas generaciones a dejarse conquistar, a no elegir, a ser seleccionada por los ojos del macho y a tener hijos como prueba de una pasión que muchas veces no era. Millones de mujeres, así, no han conocido el amor.


M, una amiga de Bello, conocida por una aplicación, tuvo tres hijos, y nunca supo durante casi cuarenta años, en sus dos matrimonios, qué era o es un orgasmo. Hoy trata de separarse y, en particular, de curar su mente y su cuerpo del maltrato cotidiano. 
L, por ejemplo, amiga de un amigo que navega por Tinder, Badoo y Bumble, era violada por su esposo, quien un día la dejó sin sus hijos, varada en un lugar de Manizales, donde fue sentenciada por un juez, quien le quitó a sus hijos y una parte de su salario solo porque se rebeló ante la violencia de su compañero. 


El relato del amor ya no es el mismo de Florentino Ariza en la maravillosa novela de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera. No es la búsqueda de la trascendencia a través del encuentro con otro ser, la delicada materialización del idilio.
E, por su parte, se reconstruyó como una mujer autónoma, luego de comprender que el amor podría no ser el de un sujeto sin dulzura, un macho oficial y prestigioso de nuestra sociedad. Ella sonríe ahora, y el universo se deshace en primaveras. Es libre y poderosa. E, elegante y bella, levita cerca de los caminos primigenios de San Agustín y desgrana sus risas en tanto dicta su cátedra de ternura e independencia. Es libre y poderosa.
Todos buscamos lo mismo y es simple: reconocernos ante otros ojos como frágiles ante la vida y proclives al amor. Stendhal, García Márquez o también Octavio Paz en sus ensayos, y todos los poetas, reclaman agua, pan y amor.  


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