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Opinión / ABRIL 22 DE 2024

El fríjol

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En sus manos el brillante carmesí de los granos que salían tímidamente de aquel forro seco se apoderó de todo, en el ambiente aún se desvanecían los sonidos del crujiente quebrar de las vainas entre sus dedos. Hace años que esperaba esta sensación, el universo se detuvo por un instante tan eterno como el primer beso, aquel momento que pasa pero que por siempre vive en las memorias, quizás de lo bello.

Como siempre en el cultivo de la tierra para algunos el resultado no ha sido el esperado y han visto cómo su inversión se ha desvanecido. A veces por sembrar a destiempo, por falta de tutores y fertilizantes adecuados, por plagas, por sequías, por granizadas o hasta, simplemente, por no supervisar la frijolera en las noches llenas de luz de la luna llena.

Aun con este riesgo, por demás latente en cualquier siembra, para muchos otros el cultivo de fríjol es un proceso mágico, sublime, sagrado y de verdadera conexión ancestral con las raíces de los pueblos, de valles, montañas, selvas y costas donde ya se sembraba fríjol, mucho antes que el primer español pisara nuestras tierras y que el primer africano fuera traído a la fuerza hasta las Américas.

Una de las primeras cosas que aleja del estrés del cultivo es dejar de ver la producción como algo vendible y sumergirse en el mundo de la autosostenibilidad. 

Obviamente no estamos hablando acá de empresas frijoleras, sino de aquellas pequeñas parcelas, incluso casas con patios, terrazas, balcones o accesos a huertas comunales y diferentes espacios de aprovechamiento verde como parte de un impulso a la seguridad alimentaria.

Al ingresar al autocultivo de fríjol, dentro del marco de la autosostenibilidad y la seguridad alimentaria, debemos ver a esta ancestral leguminosa como una gran aliada, una amiga de la tierra que mejora la calidad del suelo por su liberación de nitrógeno, que puede prescindir del uso de agroquímicos, una noble planta que desarrolla sus vainas mientras acepta con facilidad la vinculación de otros cultivos que la protegen de plagas y siendo un excelente receptor de repelentes, como el obtenido al mezclar tabaco con ají y ajo.

El fríjol es una de esas cosas que damos por hecho, así como la guadua o la Cordillera Central frente a nuestros ojos que hacen parte de nuestra esencia de quindianos y que a veces subvaloramos. Estamos acostumbrados a comprar la bolsa de bola roja o la lata de frijoles antioqueños y a poner a germinar un fríjol en la escuela, un fríjol escolar que en muy pocas ocasiones llega a brindar sus frutos para un buen almuerzo.

Así como no es descabellado en un patio, en una terraza o en un jardín tener romero, albahaca, cebolla en rama y quizás orégano, tampoco es descabellado hacer decoraciones con las hermosas enredaderas del frijol, o llenar pequeñas parcelas, los antejardines, los patios y las materas con este regalo de los ancestros; prueba viva de la libertad alimentaria y la pureza de la agricultura.


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