Opinión / SEPTIEMBRE 16 DE 2021

El suicidio, una frustración social

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Desde el año 2003, la Organización Mundial de la Salud y al Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio determinó el 10 de septiembre como Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Un fenómeno que se constituye en la segunda causa de muerte en la población con edades entre los 15 y los 29 años. Es, además, un hecho que trae consigo un sinnúmero de juicios con los cuales el común de la ciudadanía juzga ese evento, con una ligereza tal que agrava aún más el impacto en muchas personas que sufren las consecuencias. Las cifras del suicidio en el mundo se acercan al millón cada año, lo que equivale a que cada 40 segundos alguien muere por mano propia.

Las especulaciones alrededor de las razones por las cuales alguien llega a poner fin a su vida no dejan ver y mucho menos asumir los factores de riesgo alrededor del suicidio. El suicidio es la salida desesperada de las personas cuyo sufrimiento mental supera cualquier referencia de la sensación, el sentimiento, la impotencia, el agobio y la angustia en un determinado momento ante una circunstancia inmediata o histórica; o quizás, la acumulación de vivencias y experiencias que no tiene alivio alguno desde su perspectiva: no hay dolor más grande que el propio.

Factores sicológicos, ambientales, sociales y biológicos hacen parte de las investigaciones con las cuales se busca comprender el suicidio y con esos elementos poder implementar las estrategias con las cuales anticiparse a una realidad letal que en las américas no solo crece, sino que en los últimos años se le añade una dificultad más a la prevención: en el 2016 cerca de la mitad de las muertes por suicidio lo hacen de manera impulsiva, una acción que no se tomó siquiera cinco minutos.

El suicidio, el uso de sustancias tóxicas, la depresión, el estrés, la ansiedad y tantas otras afectaciones mentales son síntomas de algo que va más allá de lo que puede verse, auscultarse o percibirse desde afuera. Meterse en el sufrimiento de alguien que ni siquiera la misma persona sabe qué es, cómo es ni cómo salir de ahí, es osado, irresponsable y falto de compasión. Los psiquiatras saben que las herramientas para apañar esa pesadumbre son limitadas, a pesar que quieren ayudar a las personas que se encuentran en estados de padecimiento mental. Un ejemplo, solo alrededor del 40 al 60% de los pacientes tratados con antidepresivos, se siente mejor.

Así pues, de acuerdo con el editorial del New York Times un día de 2019, es responsabilidad de la sociedad y los líderes gubernamentales abordar las “causas profundas del problema del suicidio: la pobreza, la falta de vivienda y la exposición que lo acompaña al trauma, el crimen y las drogas. Eso significa un mejor asesoramiento familiar, los recursos para personas de bajos ingresos, la capacitación laboral y la terapia individual…”. A lo cual podremos agregar empatía: leer adecuadamente, y sin prejuicios, a quienes son nuestra responsabilidad emocional, afectiva y de cuidado. Así, el suicidio se puede prevenir.


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