Opinión / ABRIL 07 DE 2021

El vaivén

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Durante quince años, con entrega y actitud de servicio, Rosalba, Gustavo, padres mayores, y Jorge, hijo de edad media, a la vez cabeza de hogar, atendieron una clientela siempre en aumento. La dinámica del sector, centro poblado La Bella, vía Calarcá-Barcelona, diagonal al parque-tumba del poeta Baudilio Montoya, con relevos entre ellos y horarios extendidos por más de 12 horas diarias, en calendarios sin pausa; variada oferta, pulcra presentación, incluyendo el patético, “yo vendí a crédito, yo al contado”, presidiendo el muro principal, pero sobre todo el trato humano dispensado sin distingo alguno, aseguraron el éxito, aún en épocas difíciles. Ese equipo de triunfo, de armonía —diferencias entre ellos, si las hubo, jamás traslucieron—, ya no está hoy tras los odiosos aislantes impuestos por la Covid. Los jefes mayores, por sobradas razones, decidieron concluir su extenso ciclo laboral que antes comprendió décadas como administradores de fincas cafeteras, transfiriendo en días recientes negocio y predio a nuevos dueños. Herencia en extinción de las fondas camineras, donde transeúntes y vecinos repostaban, El Vaivén, popular tienda miscelánea, dos mesas y seis sillas al interior, un escaño de madera bajo el alero, en el cual la espera de transporte para el vecindario se hacía llevadera, mobiliario eliminado por la pandemia, además de ganancias contantes, duramente obtenidas para ellos, para su descendencia, dejó otros beneficios, no materiales, imposibles de expresar en cifras, pero reales; compartidos además con quienes tantas veces, en disímiles ocasiones, coincidimos en su espacio.

El ahora añorado lugar, al abrigo de su interior en días plomizos, de un tinto o un pintado, de un refresco o una cerveza helada, en tardes de incendio, fue grato y espontáneo centro de encuentro e integración colectiva. Nos conocimos allí decenas, cientos de personas; se gestaron y entablaron amistades perdurables, transacciones, afectos, acuerdos; coincidíamos actores de la cotidianidad con diversas actividades, intereses, orígenes, premuras. Mágico rincón de convivencia: deportistas, escolares, citadinos, jornaleros, gentes del campo, de paso hacia veredas cordilleranas, modestos o encumbrados propietarios, clientes habituales o eventuales, turistas, transportadores, proveedores, caminantes venezolanos en desgracia rogando auxilio... todos coincidiendo en mínima área y breves lapsos. Por años, pese a kilómetros de intenso tráfico automotor, hice de El Vaivén oficina alterna, punto de partida, refugio, pausa saludable, rodeado siempre de cordialidad, saludos, sonrisas. En ocasión fortuita, frente a su puerta, al volante de mi amigo fiel, mientras escampaba en un chubasco y descabezaba microsueños, fui víctima de un hermoso robo, indolora sustracción bajo la lluvia: mi Huawei de gama media, recién obtenido a crédito.

Pérdidas sustanciales deja la pandemia; entre otras, el horrendo trueque de humanidad por homogeneidad; de contacto personal, por deleznables lazos virtuales, desprovistos de abrazos, diálogos, apretones de mano. Del nuevo Vaivén, no obstante, la joven sonrisa que hoy me recibe, nos separa una reja metálica y vivencial infranqueable. Gracias, feliz reposo y ventura, Rosalba, Gustavo, Jorge.


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