Opinión / MAYO 22 DE 2022

¡Escuchar con el corazón!

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El próximo domingo 29 de mayo, celebra la Iglesia la Jornada 56 de las comunicaciones sociales, iniciativa del Concilio Vaticano II, que llamó, en su momento, la atención sobre ‘el vasto y complejo fenómeno de los modernos instrumentos de comunicación social, tales como la prensa, el cine, la radio y la televisión, que constituyen una de las notas más características de la civilización’. En su primera intervención, el papa Pablo VI, en 1967 advirtió: “Sumamente útil y digna de aplauso es, por lo tanto, toda iniciativa seria que tienda a formar el juicio crítico del lector y del espectador, y no solamente a hacerle valorar las noticias, ideas, imágenes que se le presentan desde el punto de vista de la técnica, de la estética, del interés despertado, sino además bajo el perfil humano, moral y religioso, con respecto a los valores supremos de la vida”. Desde entonces, cada año los sumos pontífices nos entregan un mensaje, que es anunciado el 29 de septiembre en la fiesta de los arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael, publicado el 24 de enero en la fiesta de San Francisco de Sales, patrono de los comunicadores sociales y difundido a lo largo del año, especialmente el día de la Ascensión del Señor, cuando se realza este acontecimiento: la Jornada de las comunicaciones. 

Este año 2022, el tema propuesto por el papa Francisco es: “Escuchar con los oídos del corazón”. El papa ha venido proponiendo algunos verbos importantes en la dimensión humana de la comunicación: “ir”, “ver”, “escuchar”, algo esencial para construir las relaciones humanas. Hoy más que nunca necesitamos ser escuchados, sentirnos escuchados. Aunque somos seres parlantes por naturaleza, es esencial aprender a callar. Los sabios en la antigüedad decían: ‘saber hablar es saber callar’; el silencio nos sumerge en la más profunda contemplación cimentada en el amor; del silencio brota la palabra enamorada, la gramática del amor, los versos de la inspiración, la capacidad de perdonar, el misterio de la donación, la fuerza de nuestra vocación, el sentido de la reconciliación. El silencio nos abre al mundo del otro y nos permite escucharnos, escuchar la voz de los hermanos y la voz de Dios; nos abre horizontes nuevos hacia una fraternidad auténtica cuidando de no caer en el narcisismo, la indiferencia, escuchar la voz del mundo o sumergirnos en el mundanal ruido. 

Nos referimos al silencio como pedagogía que refresca el alma y suaviza el dolor, porque también el silencio puede emparentarse con la indiferencia y la apatía. El silencio del que hoy hablamos es el silencio de María, la Virgen Madre, que nos permite comprender los designios de Dios, que nos abre a la posibilidad de interpretar los signos de los tiempos, que nos lanza a la conquista de los valores del reino. Es el silencio amoroso que enternece el corazón y trae consigo la serenidad, la calma, la paz. Para escuchar hay que ejercitarnos en la capacidad de hacer silencio; no basta con cerrar los labios, es necesario armonizar la mente y el corazón, es decir, hacer silencio interior y exterior que impida ofrecer respuestas automáticas, producir diálogos internos, ignorar a nuestros interlocutores. 

La escucha activa propicia el encuentro con el otro desde el respeto, la apertura al debate y la búsqueda de consensos. La capacidad de escuchar nos lleva a ser agradecidos y a valorar nuestro cuerpo y sus miembros como una obra de arte. Fijémonos en la perfección de las creaturas: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios con la capacidad de ver, escuchar, oler, percibir aromas, saborear alimentos, palpar, sentir, hablar, etc. 

Al escuchar debemos ponernos en la dimensión del otro, abriéndonos al diálogo y comprendiendo el contexto en el que vivimos. En el mensaje el papa advierte sobre la importancia de la ‘pastoral de la oreja’ o del oído. Es tan importante aprender a escuchar, que el mismo Dios le enseña al pueblo de Israel que el primer mandamiento es ‘escuchar’: «Shema’ Israel - Escucha, Israel» (Dt 6,4). La iniciativa –dice el papa- siempre es de Dios, que nos habla, y nosotros respondemos escuchándolo; esta escucha, proviene de su gracia.

Así, podemos comprender por qué hemos sido creados con una sola boca y dos oídos, pues ‘lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos acercamos con apertura leal, confiada y honesta (…) Escuchar es, por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena comunicación (…). Es preciso disponer el oído y escuchar en profundidad’. De ahí la invitación a todos los lectores a escucharnos, escuchar a los otros, escuchar la voz de la conciencia, escuchar la voz de Dios. Tener la capacidad de preguntar: ¿Qué quieres, Señor de mí? En estos tiempos de crisis y en este tiempo de campañas electorales necesitamos ‘escuchar’ y ‘escucharnos’ para generar ambientes de confianza y armonía humana y social, superando el ruido de la desconfianza, de la violencia y de la injusticia. El silencio y por lo mismo escuchar´ es un don de Dios, que hay que pedir al Espíritu Santo: ‘Señor, dame la gracia de escuchar tu voz y hacer tu santa voluntad’.  En este tiempo –agrega el papa- en que toda la Iglesia está invitada a ponerse a la escucha para aprender a ser una Iglesia sinodal, todos estamos invitados a redescubrir la escucha como algo esencial para una buena comunicación.


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