Opinión / OCTUBRE 18 DE 2021

Habitantes de calle

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

No hay duda, en el carrusel variopinto de nuestras desgracias nacionales la indigencia ocupa un lugar especial. Una de sus mayores expresiones, pero no la única, la vemos los quindianos en la creciente miseria que se pasea por las calles de pueblos y ciudades. 

A pesar que nunca nos ha sido ajena del todo, las escenas que vemos a diario parecen sacadas de las novela de Charles Dickens en la época de la Revolución Industrial, personajes que parecen salidos de un socavón, caras sucias, harapos, mujeres, niños, jóvenes y menos jóvenes, deambulando sin afanes, desprovistos de todo, la escasez, el hambre pintada en sus caras, olores que espantan, sentados en los andenes, tirados en las calles, pidiendo monedas o comida, el reino del desaseo, el desorden total. 

Si bien esto lo hemos vivido siempre, ahora, como consecuencia de tantas causas, se disparó su presencia, ya son cientos de indigentes, habitantes de calle que se disputan las basuras y las limosnas de los transeúntes, también  agobiados ante el asedio de tantas personas que reclaman la caridad, o mejor, la solidaridad ciudadana, situación que dejó de ser coyuntural para convertirse en parte del paisaje, de nuestro paisaje. 

No hay duda que vivimos en Colombia una miseria solidificada, que se cierra sobre muchas personas como los barrotes de una prisión, una miseria estructural de la que parece no podemos salir, una pobreza extrema que gira en un círculo infernal que fomenta más pobreza, más ruina, más escasez. 

Muchos son los afluentes de este río de carencias actuales: la pobreza extrema de siempre como lastre de una sociedad subdesarrollada, la tercera ola de migración, después de empresarios y clase media de los vecinos venezolanos, los enfermos mentales de familias sin recursos y la adicción, la patria del bazuco y el bóxer que esclaviza a muchos en este país que agregó a la producción drogas su consumo y tantos más ingredientes de este coctel de desencuentros, sin soslayar las actitudes violentas de algunos que complica el cuadro hasta desembocar en lo que la filósofa Adela Cortina denomina “aporofobia”, fobia a la pobreza, el rechazo al pobre, una mezcla de odio y miedo a los pobres, solo superable con educación, con la promoción de una democracia que tome en serio las desigualdades y que desemboque en el fomento de una hospitalidad cosmopolita.

Lo más grave, lo más desesperanzador es la olímpica ausencia del Estado ante este panorama, ninguna respuesta ni siquiera en el horizonte lejano, ninguna política pública, ningún propósito oficial, la voluntad institucional envolatada que mira por encima de este lastre de la indigencia, al punto que el artículo 1 de la Constitución Política resulta casi una blasfemia cuando dice que Colombia es un Estado social de derecho fundado en el respeto a la dignidad humana, el trabajo y la solidaridad de las personas y  la prevalencia del interés general.
 


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