Opinión / OCTUBRE 13 DE 2021

Hablar

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Esa noche fue distinta. Entró al bar y escogió la mesa de donde podía observar la diversa clientela. La palabra rodaba de una mesa a otra, de un rincón rebotaba al mostrador; le bastó poner atención para reconocer a los personajes y entender lo que hablaban. Rusbel Caminante pensó que con la pandemia se acrecentó la idea según la cual el pensamiento perdura solo por medio de la escritura. Creyó que efectivamente allí se hablaba para unos pocos, temían que el viento se llevara las palabras. 

En la antigüedad, sentados alrededor del fuego escuchaban embelesados el transcurrir de la vida a través de la palabra, o en Grecia, las mentes despiertas aprendieron por el oído los preceptos filosóficos y secretos científicos. Mientras más discernía sobre la obligatoriedad de la lectura, Rusbel Caminante afirmaba la importancia de la oralidad, la palabra viva. Concluyó que por medio de la palabra es posible unir a sabios y escritores; científicos y maestros en torno de una misma mesa para degustar una comida o un vino, a pesar que nunca se cruzaron en vida, excepto por medio de sus palabras que los años no lograron borrar.

Rusbel Caminante escuchó y reconoció a Borges: “Ya somos el olvido que seremos. / El polvo elemental que nos ignora/ y que fue el rojo Adán y que es ahora/ todos los hombres y que no veremos”. Parecía conversar con Neruda: “Quédate en el camino. /Ha llegado la noche para ti. /Tal vez de madrugada nos veremos de nuevo”.

También oyó la voz pausada y cantarina de García Márquez, quien habló por El general en su laberinto: “En uno de esos escrutinios del pasado, perdido en la lluvia, triste de esperar sin saber qué ni a quién, ni para qué, el general tocó fondo: lloró dormido.” Joseph Conrad, le respondió con aquella frase famosa de El Corazón de las tinieblas: “Es el don de los grandes hombres”. 

Imaginar las conversaciones de tales personajes indujo a Rusbel Caminate a valorar la palabra, a pesar de la creencia que lo válido es la palabra escrita. Pensó que no importa la época ni la nacionalidad para reencontrarse a través de sus libros.  Marguerite Duras, describe el horror que sintió El amante al describirla: “Es una mujer muy alta, muy flaca, flaca como la muerte y que ríe y que corre. Va descalza. Corre detrás de mí para alcanzarme”. Conversa con Isabel Allende, en Mi país inventado, relata que “Contamos con una sabrosa tradición oral de espíritus malignos, intervenciones del demonio, muertos que se levantan de las tumbas”.

Rusbel Caminante escuchó a Ernesto Cardenal: “Los animales no se devoran dentro de la misma especie. / Y caramba, vos creías que Cristo volvería a la tierra. / Que un día habría alegría para siempre.” Dialogaba con Estanislao Zuleta, maestro de la palabra. Lo explica Alberto Valencia en El principio era la ética, Estanislao declamó de Goethe: “También esta noche. Tierra, permaneciste firme. /Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor”. 


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